jueves, 1 de julio de 2021

Reseña de lectura. "Espejo de Claramonte", de Luis Miguel Rufino. Por Maribel González López.

Reseña de lectura, por Maribel González López.

Espejo de Claramonte, de Luis Miguel Rufino.

Novela editada por Torre de Lis, 2021


Se percibe ingenio en la ejecución de la trama y en la construcción de personajes, tanto protagonistas como Galera o secundarios como Midón, etc.

La sexualidad y el erotismo están presentes de manera palpable en la obra, esa aguda urgencia de lo carnal que aparece en la pag. 31, en la 112 aludiendo al aturdimiento del sexo posible o inmediato, los videos de Lacha, el encuentro con Selva, la masturbación de los dos jóvenes en la pag. 308 y así podríamos continuar.

Absoluto dominio de la técnica descriptiva desde la descripción minuciosa del cuerpo inerte de Lacha, las dependencias policiales, la de Koroma (pag. 217), la descripción del sombrero de Lola en la 349 serían algunos de los muchos ejemplos ilustrativos. Pero si hay que hacer especial énfasis en algo, sería en los innumerables matices del color, especialmente del verde: verde verja, verde jabón, verde veronés, verde Kelly, verde moco claro, verde esmeralda.

Original en el uso de imágenes, tanto en símiles como metáforas y otros tropos: la del mollete tostado en la pag. 47, el vestir como una secta en el despacho de abogados (105), el estrechar la mano de Mudarra pareciéndole un pez que llevara dos días muerto, una agonía de novillo en plaza de toros de tercera y un elevado e ingenioso repertorio.

El sentido del humor y la ironía tienen una presencia explícita en la obra: la imagen del Audi de la policía (pag. 79), el pen drive de la poli (87), Fustero y su olor (127), en la 197 alude a los primates: un gorila de montaña y un papión del desierto, los talibanes del pedal (355).

El autor es observador y conocedor de la geografía sevillana, de sus barrios y sus gentes: Puerta de Jerez, calle San Francisco, Heliópolis, Alameda de Hércules y reitera eso de “fino y frío como dicen que es el carácter de los sevillanos”.

El lenguaje se enriquece con un cambio de registros, según lo requiera cada situación: coloquial con las hermanas Ibarburen; llega a  ser soez cuando hablan Galera y Baselga, acudiendo a los tacos o ser muy culto, como en la descripción de Viola.

Sentido crítico al referirse a la jerga administrativa del XIX que aún impera. La Junta imponiendo su manera de hablar hueca también en la policía, la crítica a la diplomacia, al arte contemporáneo, etc.

Escrupulosa precisión perfilada en horarios (la campanita del chalé sonó a las 17:40) y el nombre con los dos apellidos de los personajes.

Resulta significativo como el protagonismo femenino en su mayoría está formado por mujeres desquiciadas, superficiales, con trastorno de personalidad, apareciendo en situaciones de poder, incluso llevando una doble vida. Hay quien ha visto en Celeste a Carmina Ordóñez o Marta Chavarri. Sin embargo el hombre es sumiso, deja que ellas tengan la fuerza: la denuncia falsa de Mudarra, ese maltrato masculino.

En definitiva versa sobre la esencia del ser humano, los distintos tipos de yo que poseemos y que nos pueden llevar a perder el control de nosotros mismos.

Sorprendente final que representa la venganza de Rita sobre Galera (por dejarse embaucar por una Lacha ya muerta).

Las citas que aparecen al inicio de cada capítulo son inequívocas, selección perfecta, muy acertadas.

viernes, 19 de febrero de 2021

Al pie de una foto antigua

19.2.17
Un relato corto al pie de una foto antigua. Sin fecha:

«Lon Simmons, minero en la región carbonífera del sur de Indiana, quiere regalar a sus hijos. Simmons lleva sin trabajo desde el pasado abril y tiene tuberculosis. Los médicos dicen que es dudoso que pueda volver a trabajar. 
"No puedo ganarme la vida y sacar a mis hijos adelante", dice Simmons. "Preferiría que tuvieran una buena casa con comida en abundancia y calor, así como la posibilidad de ir a la escuela, mejor que vivir aquí y ver cómo me voy muriendo poco a poco."
En la foto, Simmons con su hijos y su anciana madre.»

Sostiene Pereira

19.2.18
Esta tarde he terminado la novela "Sostiene Pereira", 1994, del escritor italiano Antonio Tabucchi. La trama transcurre en Lisboa, en 1938, y trata de cómo un hombre mayor y enfermo cambia cuando cree que ha llegado el momento de cambiar.
La novela empieza con bastante parsimonia, como si no tuviera prisa por avanzar, incluso se llega a hacer premiosa, hasta que en el último tercio, la acción se vuelve trepidante y se resuelve magistralmente en poquísimas páginas.
Hay una peli homónima protagonizada por el maestro Mastroianni.

sábado, 6 de febrero de 2021

Hidato

Hay que ver. Uno llega a los sitios más placenteros por los caminos menos esperados.
1) Resulta que un buen amigo comparte en un grupo de wasap la edición en pdf de El País de hoy sábado con la intención de que leamos un artículo titulado "El triunfo de la filosofía del espíritu".
2) El temblor de rodillas se apodera de mí en cuanto leo el título. Tras los dos primeros párrafos compruebo que tengo algo de fiebre y bastante agitación interior.
3) Al ser un gran fan de mi actual y excelente estado de salud, ceso inmediatamente en mi loable intención de leer el artículo con tanto cariño recomendado.
4) Los síntomas físicos desaparecen a los pocos minutos.
5) Como hace años que no compro El País los sábados (ni ningún otro día de la semana), a pesar de que durante decenios fui un habitual, me dedico a ojearlo (u hojearlo, que ambas valen).
6) Compruebo lo increíble de su oferta informativa y cultural. Tan extensa. De todo tipo. Admirable.
7) Me vuelvo a sorprender de la cantidad de gente que escribe en un periódico cada día, sobre los temas más diversos, de lo difícil que debe de ser coordinarlos a todos, y me parece mágico o increíble que se pueda sacar un periódico cada día.
8) (Esto me cuesta un poco confesarlo). Debido a que soy un enorme aficionado a los sudokus, me paro en las páginas de pasatiempos, desdeñando tanta cultura y tanta información tan bien escrita y tan bien coordinada.
9) Y es justo ahí donde descubro, es decir, veo por primera vez en mi vida algo llamado Hidato.
10) Leo las escuetas instrucciones sobre la forma de resolverlo y me pongo a ello.
11) Es un pasatiempos difícil y quizás por eso me cautiva. Me doy cuenta de que no puedo resolverlo mentalmente. Me voy a la impresora e imprimo la página. Cojo lapiz y goma, como cuando el colegio.
12) Y lo intento. Y lo intento. Y lo intento. Y lo intento.
13) Y al final lo consigo (mi condición de maño sigue estando por ahí escondida).
14) Creo que he descubierto una maravilla: el Hidato. Voy a aparcar por ahora los sudokus catalogados de "muy difícil".
15) Reto y disfrute asegurados. Pruebe y compare. Aunque tenga que comprar El País.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Un micro de Luis Mateo Díez

La carta.

Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el portafolios y, antes de comenzar la tarea diaria, escribo una línea en la larga carta donde, desde hace catorce años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Gambito de dama

Aprendí a jugar al ajedrez con mi abuelo, que, pasados los años, empezó a llevar muy mal que, alguna que otra vez, muy pocas, le ganase (igual porque se dejaba ganar). De ahí pasé a jugar con mis hijos.
 
Aquello duró hasta que los niños crecieron lo suficiente como para darse cuenta de que yo también me dejaba ganar y decidieron preferir otros esparcimientos más acordes con sus gustos. Sin embargo, la breve incursión en el ajedrez sirvió para conservar aún hoy algún recuerdo divertido y tierno, como el hecho de que uno de mis hijos, cuando se le decía «Jaque mate», contestaba «Pues yo no me rindo».
 
El que tenga Netflix y algo de tiempo para la expansión y el relajo, que se vea esta serie, por favor. No se va a arrepentir.
Aunque no le guste el ajedrez.
Aunque no sepa jugar al ajedrez.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Sobre negros

La otra mañana, por primera vez, me fijé en varias losas de mármol con inscripciones que hay en la base del monumento a la Inmaculada, en la plaza del Triunfo de Sevilla.
 
No encontré ninguna fecha en los mármoles, pero aunque esa plaza fue construida a principios del siglo XX, las losas deben de ser de bastante antes (calculo que como del XVII o XVIII, aunque no tengo ningún criterio).
 
El texto es el siguiente: «El conde de Salvatierra, Juan de Vargas Sotomayor, los negros Molina y Moreno, Gonzalo de Ocampo, D. Enrique de Guzmán, Gonzalo Núñez de Sepúlveda, el cardenal Cienfuegos, el cardenal Spínola, el padre Juan Bautista Moga, S. J.».
 
Me llamó la atención que entre tanto apellido noble y tanto alto clero, se nombrara a «los negros Molina y Moreno», lo que implica que debían de ser exesclavos venidos a más que habían colaborado para erigir cualquiera que fuese el monumento que se conmemoraba con esos mármoles.
 
He leído que, hacia 1565, los negros en Sevilla suponían casi un 10 % de la población total. Incluso Cervantes dejó escrito que Sevilla «parecía un tablero de ajedrez».
 
Eran los tiempos en que la ciudad era una urbe radicalmente cosmopolita, donde convivían personas llegadas de los más remotos lugares del mundo, gracias a un puerto extraordinariamente dinámico y al comercio con América.
 
Es también curioso el detalle de que, como cien años antes del descubrimiento de América, a finales del siglo XIV (1393), en Sevilla se fundara la cofradía llamada de Los Negros, que aún hoy procesiona los Jueves Santos por la ciudad y a la que todo el mundo conoce por el nombre de Los Negritos.

martes, 8 de septiembre de 2020

Cambiar de cara

El ucraniano Evgeny Stepanovich Kobytev fue soldado del ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial.


La primera foto es de 1941, contaba veintiún años y estaba recién salido de la escuela de arte donde se graduó.
 

La segunda es de 1945, al final de la SGM, con veinticuatro, tras haber pasado dos de esos años como prisionero en el campo de Khorol.
 

La cara de Evgeny cambio así en solo cuatro años.

domingo, 6 de septiembre de 2020

La edad de los soldados II


Soldados norteamericanos desembarcando en Orán, Argelia, con la Operación Antorcha, en 1942.

A pesar de que la edad media de los soldados norteamericanos en la SGM fue de 26 años (en Vietnam la media bajó a 20 años), el segundo en el centro de la foto tiene cara de no tener mucho más de doce.
 
Foto © teniente F. A. Hudson.

sábado, 5 de septiembre de 2020

La máquina Enigma

La señora Peckinpah, doctora en Matemáticas por el King's College de Oxford, busca un arma en su bolso un domingo por la mañana en las calles de la ciudad donde ha vivido casi siempre.

En otro tiempo, ella, junto a otros 10.000 criptoanalistas, ayudó a descifrar el código de la maquina Enigma, con la que los nazis enviaban todos los comunicados militares durante la II Guerra Mundial. 
 
Su centro de trabajo era la mansión de Bletchley Park, en el condado de Buckinghamshire, en plena campiña inglesa.
 
Mrs. Peckinpah no quiere hablar de la máquina Enigma ni de su código ni de aquellos años, y por eso busca su revolver en el bolso cuando un impertinente como yo le saca el tema.
 
Texto y foto © Ruffino, 04 - 2015
 

viernes, 4 de septiembre de 2020

La edad de los soldados I

Prisioneros de guerra.

Nos podemos hacer una idea de qué edades tenían y qué pintas gastaban los soldados alemanes que defendieron las playas de Normandía ante el desembarco aliado el 6 de junio de 1944.
 
Feroces no parecen. Ni siquiera parecen gran cosa, la verdad.
 
Niños enviados al frente.
 
Foto © Walter Rosenblum (Nueva York, 1919 - Nueva York, 2006).


sábado, 25 de julio de 2020

Las memorias de Woody Allen

Un extracto de las memorias de Woody Allen, que estoy leyendo ahora mismo.

«[...] Hoy en día en Konisberg hay un monumento en mi honor [...] que consiste en un par de gafas sobre una vara [...]. También en la adorable ciudad española de Oviedo hay una estatua de mi figura que es un retrato fiel. [...] una verdadera estatua de bronce [...]. Desde el momento que la instalaron unos vándalos robaron de la estatua unas gafas iguales a las mías. Esas son de bronce y están incrustadas en la escultura, que es de tamaño real, por lo que hace falta un soplete para sacarlas. Pero no importa cuántas veces vuelvan a colocarlas, siempre hay alguien que las roba.»

Cuando empiezo un libro siempre me asalta la duda de si lo abandonaré antes del momento en el que el pobre escritor calculó que era el momento correcto para abandonarlo, es decir, en la última página.
 
Este es gordo (439 páginas), pero creo que cae. Seguro que cae entero.
 
Me estoy riendo (en voz alta) casi cada cinco páginas, lo cual no me pasaba desde que en los años noventa, y de veraneo, me leí uno de Camilo José Cela, cuyo nombre no recuerdo. Cada vez que me reía, mis hijos (muy niños entonces), me preguntaban: «¿De qué te ríes, papá?», y la verdad es que me costaba trabajo explicarles el porqué.

jueves, 23 de julio de 2020

La tumba de Servilia

La tumba de Servilia es uno de los puntos de mayor interés de la necrópolis romana de Carmona, apenas a 30 km Sevilla.

Servilia, en realidad, no era el nombre de la chica muerta, sino el de su noble familia venida desde Roma. Murió joven, y su padre, Lucio Servilio, mandó levantar un mausoleo acorde con el lustre de su linaje.
 
El padre de Servilia era un aristócrata romano que durante el mandato del emperador Calígula —primera mitad del siglo I d.C.—, estuvo destinado en la ciudad de Carmo como prefecto del centro militar radicado allí.
 
Carmo no solo fue considerada un punto estratégico militar de máxima importancia por los romanos, sino por todos los otros pueblos que ocuparon la ciudad antes y después (creo que visitar los museos y los vestigios es una magífica idea): tartesos, fenicios, cartagineses, turdetanos, árabes y cristianos, ya que se asienta en un territorio en altura desde el que domina la campiña y la vega sevillana y que, a la vez, está resguardado por la Sierra Morena. 
 
[Creo que la chica que sale en la foto es una reencarnación de Servilia mirando hacia el centro del túmulo en una de las varias visitas que ha realizado a su propia tumba más de dos mil años después].
[Esta foto está dedicada a Brezo Gutiérrez, agradecido por haberme llevado hasta allí].


martes, 21 de julio de 2020

Nuestros guardianes entre el centeno

Un artículo que sigue vigente y viene a propósito doce años después y que, con las mismas, me recuerda otro de los muchos pasajes citables de esa obra:
 
«When you're dead, they really fix you up. I hope to hell when I do die somebody has sense enough to just dump me in the river or something. Anything except sticking me in a goddam cemetery. People coming and putting a bunch of flowers on your stomach on Sunday, and all that crap. Who wants flowers when you're dead? Nobody.»
J.D. Salinger, The catcher in the rye

Nuestros guardianes entre el centeno

¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir? (...) Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan por él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los agarro. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno”. Hace varias semanas pensé en este fragmento –el fragmento, en realidad– de El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, libro de culto donde los haya (incluso para muchos que no lo han leído, me temo), muy criticado en Estados Unidos como lectura de “perdedores”, expresión ésta muy dilecta por aquellos pagos. Me acordé de él cuando el abuelo de Mari Luz, la niña asesinada de Huelva, declaró que su misión en la vida era pareja a la que arriba anuncia el adolescente Holden Caulfield a su hermana: cuidar que a ningún niño le pasara como a su nieta. Me conmovió entonces, pero me volví a acordar del pasaje, con amargor, cuando el propio abuelo participaba en la jauría contra el acusado a las puertas de los juzgados de Huelva. No he querido, pero el asunto ha saltado de nuevo como un resorte en mi memoria al conocer, esta semana, la noticia de la alimaña que ha masacrado, desde la cuna, la vida de su hija y de sus hijos-nietos, en un lugar de Austria. Y, en parte por todo eso, tan estomagante, he reflexionado sobre los abuelos, figuras tan mágicamente centrales en mi vida que tengo que pelear contra la melancolía unos segundos. Como esta sección gira, con bastante laxitud dominical, sobre la economía y nuestro bolsillo… hablemos sin pretensiones académicas sobre el nuevo papel de los más mayores.

Nuestra pirámide de población es un verdadero botijo, que habla a las claras de nuestra cantidad de niños (pocos) y mayores (no mayoría, pero creciente proporción). Una pirámide de un país en desarrollo tiene forma de triángulo: muchos niños y jóvenes, menos adultos, y aun menos ancianos. La buena vida nos engorda por la cintura; a la pirámide, también. La mayor esperanza de vida, unida a una edad fija de jubilación, hace que nuestras calles se pueblen cada vez más de personas mayores en días laborables: paseándose, paseando a nietos o llevándolos al colegio, sentados al sol, yendo a la compra, haciendo uso del bonobús, visitando exposiciones. En muchos casos, cubriendo necesidades domésticas de los hijos, a coste cero, con desigual reconocimiento. Son, en este sentido, proveedores de servicios para una estructura familiar en la que los padres en edad de ejercer tienen cada vez menor presencia en puesto, y mayores necesidades: horarios escolares y actividades extraescolares de los niños, gestiones burocráticas, paseo de bebés y mascotas, desavíos varios. Del otro lado, también son receptores principales de servicios médicos y, en la jerga de los libros blancos europeos, de “servicios a domicilio”. El Mediterráneo no es lo que era, ni en la dieta ni en el rol de los ancianos. A los mayores se los calla en muchas casas, sus opiniones y consejos han dejado de ser sabios para ser ignorados; en las cafeterías, hospitales y supermercados se habla a los mayores de tú casi sin excepción, por no hablar del inopinado “abuelo” o “abuela” por parte de cualquier indocumentado. No está nada bonito, y denota zafiedad e incultura, no cariño.

Más temprano que tarde, la edad de jubilación deberá alargarse, y es éste un debate diferido sólo porque hay elecciones cada dos por tres y el voto de los más viejos es sensible a las limosnas en la pensión. Probablemente yo querré hacer de doméstico guardián entre el centeno de mis eventuales nietos en el parque de mi barrio, pero querré hacerlo de vez en cuando y no como trabajo sin retribución. Pretenderé, salud mediante, trabajar y cotizar todo el tiempo que pueda y quiera. Mientras eso nos llega o no, debemos practicar la memoria y aprender a ser decentes con los que nos preceden. Con repulsivas excepciones, es simplemente de ley.

 

sábado, 4 de julio de 2020

El sesgo de supervivencia

Abraham Wald fue un matemático húngaro experto en teoría de la decisión y en análisis estadístico y econométrico.

En 1938 emigró a Estados Unidos y, ya iniciada la Segunda Guerra Mundial, el ministerio de Defensa de ese país le pidió consejo para interpretar el gráfico que acompaña a esta entrada.
 
Habían completado un estudio en el que se incluían los daños sufridos por las aeronaves que pudieron regresar de misiones bélicas: los puntos rojos reflejaban los impactos recibidos. El objetivo de Defensa era blindar los aviones en las zonas de mayor probabilidad de daño para reforzar la seguridad de los pilotos.
 
Los militares se quedaron estupefactos cuando Wald les dijo que el gráfico había que interpretarlo justo al revés: el estudio de Defensa sólo había tomado en consideración la muestra de aviones que habían sobrevivido a sus misiones, obviando todos aquellos que habían sido derribados y nunca regresaron.
 
Los agujeros del fuselaje eran, por tanto, zonas en las que los aviones podían permitirse recibir impactos y aun así regresar a salvo a la base, mientras que las zonas que aparecían intactas en los aviones de la muestra eran precisamente las críticas, aquellas en las que los impactos resultaban letales y, según la encomienda, las que necesitaban ser reforzadas.
 
Desde entonces y gracias a Wald, en Estadística, este problema se conoce como “sesgo de supervivencia”, un error sistemático en la selección de una muestra estadística al considerar sólo los elementos observables (aviones supervivientes), obviando a los no observables (aviones derribados) que, precisamente por eso, hacen que la muestra deje de ser representativa de la población.
Ironías de la vida: Abraham Wald falleció en 1950 en un accidente de aviación.


miércoles, 24 de junio de 2020

Onomásticas

Está bien la costumbre de felicitar a los amigos por su santo. 
 
Si no tienes a mano una efemérides más personal con la que manifestarle tu aprecio (como podría ser su cumpleaños), felicitarlo a cuenta de un santo que, casi seguro, nada tiene en común con el felicitado, no es una mala idea.
 
Lo que entiendo menos, o no entiendo en absoluto, son esos mensajes que veo últimamente en RRSS por los que alguien felicita el santo «a pelón» (antigua costumbre por la que el padrino en un bautizo tiraba monedas al aire —a pelón— para que los niños las recogieran entre gran algarabía y, a veces, feroz pugna física).
 
Me refiero a poner mensajes del tipo: «Felicidades a todos los Juanes y Juanas». «Felicito a los Luises que lo celebren por San Luis Gonzaga en lugar de hacerlo por San Luis rey de Francia».
 
Etc.
 
Nada puede sonar más impersonal y menos cariñoso que una frase de ese tipo.
Si te acuerdas de alguien, te acuerdas; si quieres felicitar, felicita, pero no eches felicitaciones al aire y cuando caigan pabajo, al que le dé, le dio.

 

domingo, 24 de mayo de 2020

Pío Baroja

En la noche del 13 de mayo de 1904, en la tertulia que el dramaturgo gallego Ramón María del Valle-Inclán tenía en el Nuevo Café de Levante (calle Arenal 15 de Madrid), se discutía ardorosamente sobre cómo eran los españoles y las distintas clases de españoles que había.
 
La tertulia hervía. Allí estaba la flor y nata de los intelectuales de la Generación del 98 y los artistas más significados del momento, entre ellos, los pintores Ignacio Zuloaga, Gutiérrez Solana y Santiago Rusiñol; el escultor Mateo Inurria o el ilustrador Rafael Penagos; así como los escritores Miguel de Unamuno, Benito Pérez Galdós y Pío Baroja. En el fragor de la discusión, el vasco Baroja, tomó la palabra y dijo: “La verdad es que solo hay siete clases de españoles, a saber:
 
1) los que no saben,
2) los que no quieren saber,
3) los que odian el saber,
4) los que sufren por no saber,
5) los que aparentan que saben,
6) los que triunfan sin saber,
7) y los que viven gracias a que los demás no saben.
 
Unamuno y Pérez Galdós aplaudieron a Baroja, apreciando, sobre todo, el último de los siete puntos, donde —dijeron— se encuadran los que se autodenominan “políticos” e “intelectuales”.

 

Por do más pecado había










Por do más pecado había.

(Romance arcano del godo don Rodrigo y la muy lucida doña Florinda).

 
Recógese aquí una investigación ligera, entre poética e histórica, más cerca de lo primero que de lo segundo, que hemos compuesto sin pretensión alguna de levantar crónica que pudiese ser de utilidad a historiadores y, mucho menos, espejo de poetas.
 
Corría el año 711, para ser más preciso, el decimonoveno día del Señor del mes de julio cuando sobre el río Guadalete (Wadi Lanka, en moruno), en la provincia de Cádiz, las tropas de los jefes moros Tarik y Muza (Tariq ben Ziyad y Musa ibn Nusair) cruzaron espadas con las huestes del rey cristiano don Rodrigo.
 
Unos versos sin autor conocido cuentan lo que allí pasó sin pararse en los detalles que, en la mayor parte de los casos, evitan que las historias se entiendan como es menester:
 
«Llegaron los sarracenos
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
cuando son más que los buenos».
 
¿Pero qué fue lo que de verdad ocurrió en aquella batalla?
 
A fuer de pecar de simple, debemos contestar que pasó lo que pasó por lo que casi siempre pasan las cosas en esta vida: por la desmedida propensión a la lujuria que suelen albergar tanto moros como cristianos.
 
Y es que, poco antes, en Toledo, don Rodrigo, tan godo como rey, había mantenido coyunda, una sola vez, pero coyunda a la postre, y al parecer asaz intensa, con doña Florinda, joven moza de reconocida belleza y que, además, era hija del conde don Julián, gobernador de Ceuta y amigo personal, más allá de la religión, de los mencionados caballas Muza y Tarik.
 
Don Rodrigo argumentó que la relación fue consentida; Florinda, llevole la contraria afirmando haber sido violada por el muy godo. Vaya usted a saber. Hay quien dice que la bella Florinda era conocida entre los moros de su ciudad, Ceuta, por el apelativo de "caba", o la "cava", lo que podría traducirse por "la casquibana", en un sentido amplio o, también, por "la facilona", si prescindimos de los remilgos que nunca deben adornar la labor del traductor cabal.
 
Los versos apócrifos vuelven a contarnos el lance con concisión:
 
«Florinda perdió su flor,
el rey padeció el castigo;
ella dice que hubo fuerza,
él que gusto consentido».
 
Y es que el "gusto consentido" tiene mucha fuerza. Tanta que don Rodrigo perdió el reino y algo más —la vida— tras aquella batalla sobre el río Guadalete ante los sus oponentes, moros enviados por el padre de la joven, don Julián. Todo por haber osado adentrarse a explorar las muy firmes carnes de la bella Florinda, ya fuese con consentimiento o sin él, lo cual ninguno de nosotros jamás conocerá a ciencia cierta. Convendrá usted conmigo, querido lector, que, a estas alturas de curso, el detalle importa bastante poco.
 
El caso es que al séptimo día de lucha, junto y sobre el Guadalete, viéndose el rey don Rodrigo vencido sin remisión y abandonado por todos —desnortole la traición de los sus nobles materializada en el hecho de que estos se pasaran en bloque al enemigo—, vagando sin rumbo sobre su rocín, se vino a encontrar con un ermitaño al que relatole sus libidinosas culpas y pesares de conciencia.
 
Sintiéndose el rey liberado por haber confesado, y movido por el deseo de descansar para siempre poniendo fin a sus días, propúsole al ermitaño confesor que lo enterrara vivo. Pidiole, además, que, para hacer aún más dura y penosa su muerte, lo enterrase en un hoyo lleno de vívoras. 
 
Entendía don Rodrigo que así habría de purgar con largueza su atrevimiento para con doña Florinda y su afrenta para con don Julián. 
 
Fue entonces, una vez que el rey se vio dentro del hoyo que era tumba, rodeado por todas aquellas serpientes, cuando exclamó contrito la frase que habría de hacerlo inmortal y que el anónimo poeta dejó escrita para nuestro buen gobierno:
 
«Ya me comen, ya me comen,
por do más pecado había».