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jueves, 1 de julio de 2021

Reseña de lectura. "Espejo de Claramonte", de Luis Miguel Rufino. Por Maribel González López.

Reseña de lectura, por Maribel González López.

Espejo de Claramonte, de Luis Miguel Rufino.

Novela editada por Torre de Lis, 2021


Se percibe ingenio en la ejecución de la trama y en la construcción de personajes, tanto protagonistas como Galera o secundarios como Midón, etc.

La sexualidad y el erotismo están presentes de manera palpable en la obra, esa aguda urgencia de lo carnal que aparece en la pag. 31, en la 112 aludiendo al aturdimiento del sexo posible o inmediato, los videos de Lacha, el encuentro con Selva, la masturbación de los dos jóvenes en la pag. 308 y así podríamos continuar.

Absoluto dominio de la técnica descriptiva desde la descripción minuciosa del cuerpo inerte de Lacha, las dependencias policiales, la de Koroma (pag. 217), la descripción del sombrero de Lola en la 349 serían algunos de los muchos ejemplos ilustrativos. Pero si hay que hacer especial énfasis en algo, sería en los innumerables matices del color, especialmente del verde: verde verja, verde jabón, verde veronés, verde Kelly, verde moco claro, verde esmeralda.

Original en el uso de imágenes, tanto en símiles como metáforas y otros tropos: la del mollete tostado en la pag. 47, el vestir como una secta en el despacho de abogados (105), el estrechar la mano de Mudarra pareciéndole un pez que llevara dos días muerto, una agonía de novillo en plaza de toros de tercera y un elevado e ingenioso repertorio.

El sentido del humor y la ironía tienen una presencia explícita en la obra: la imagen del Audi de la policía (pag. 79), el pen drive de la poli (87), Fustero y su olor (127), en la 197 alude a los primates: un gorila de montaña y un papión del desierto, los talibanes del pedal (355).

El autor es observador y conocedor de la geografía sevillana, de sus barrios y sus gentes: Puerta de Jerez, calle San Francisco, Heliópolis, Alameda de Hércules y reitera eso de “fino y frío como dicen que es el carácter de los sevillanos”.

El lenguaje se enriquece con un cambio de registros, según lo requiera cada situación: coloquial con las hermanas Ibarburen; llega a  ser soez cuando hablan Galera y Baselga, acudiendo a los tacos o ser muy culto, como en la descripción de Viola.

Sentido crítico al referirse a la jerga administrativa del XIX que aún impera. La Junta imponiendo su manera de hablar hueca también en la policía, la crítica a la diplomacia, al arte contemporáneo, etc.

Escrupulosa precisión perfilada en horarios (la campanita del chalé sonó a las 17:40) y el nombre con los dos apellidos de los personajes.

Resulta significativo como el protagonismo femenino en su mayoría está formado por mujeres desquiciadas, superficiales, con trastorno de personalidad, apareciendo en situaciones de poder, incluso llevando una doble vida. Hay quien ha visto en Celeste a Carmina Ordóñez o Marta Chavarri. Sin embargo el hombre es sumiso, deja que ellas tengan la fuerza: la denuncia falsa de Mudarra, ese maltrato masculino.

En definitiva versa sobre la esencia del ser humano, los distintos tipos de yo que poseemos y que nos pueden llevar a perder el control de nosotros mismos.

Sorprendente final que representa la venganza de Rita sobre Galera (por dejarse embaucar por una Lacha ya muerta).

Las citas que aparecen al inicio de cada capítulo son inequívocas, selección perfecta, muy acertadas.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Un micro de Luis Mateo Díez

La carta.

Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el portafolios y, antes de comenzar la tarea diaria, escribo una línea en la larga carta donde, desde hace catorce años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio.

sábado, 25 de julio de 2020

Las memorias de Woody Allen

Un extracto de las memorias de Woody Allen, que estoy leyendo ahora mismo.

«[...] Hoy en día en Konisberg hay un monumento en mi honor [...] que consiste en un par de gafas sobre una vara [...]. También en la adorable ciudad española de Oviedo hay una estatua de mi figura que es un retrato fiel. [...] una verdadera estatua de bronce [...]. Desde el momento que la instalaron unos vándalos robaron de la estatua unas gafas iguales a las mías. Esas son de bronce y están incrustadas en la escultura, que es de tamaño real, por lo que hace falta un soplete para sacarlas. Pero no importa cuántas veces vuelvan a colocarlas, siempre hay alguien que las roba.»

Cuando empiezo un libro siempre me asalta la duda de si lo abandonaré antes del momento en el que el pobre escritor calculó que era el momento correcto para abandonarlo, es decir, en la última página.
 
Este es gordo (439 páginas), pero creo que cae. Seguro que cae entero.
 
Me estoy riendo (en voz alta) casi cada cinco páginas, lo cual no me pasaba desde que en los años noventa, y de veraneo, me leí uno de Camilo José Cela, cuyo nombre no recuerdo. Cada vez que me reía, mis hijos (muy niños entonces), me preguntaban: «¿De qué te ríes, papá?», y la verdad es que me costaba trabajo explicarles el porqué.

domingo, 24 de mayo de 2020

Pío Baroja

En la noche del 13 de mayo de 1904, en la tertulia que el dramaturgo gallego Ramón María del Valle-Inclán tenía en el Nuevo Café de Levante (calle Arenal 15 de Madrid), se discutía ardorosamente sobre cómo eran los españoles y las distintas clases de españoles que había.
 
La tertulia hervía. Allí estaba la flor y nata de los intelectuales de la Generación del 98 y los artistas más significados del momento, entre ellos, los pintores Ignacio Zuloaga, Gutiérrez Solana y Santiago Rusiñol; el escultor Mateo Inurria o el ilustrador Rafael Penagos; así como los escritores Miguel de Unamuno, Benito Pérez Galdós y Pío Baroja. En el fragor de la discusión, el vasco Baroja, tomó la palabra y dijo: “La verdad es que solo hay siete clases de españoles, a saber:
 
1) los que no saben,
2) los que no quieren saber,
3) los que odian el saber,
4) los que sufren por no saber,
5) los que aparentan que saben,
6) los que triunfan sin saber,
7) y los que viven gracias a que los demás no saben.
 
Unamuno y Pérez Galdós aplaudieron a Baroja, apreciando, sobre todo, el último de los siete puntos, donde —dijeron— se encuadran los que se autodenominan “políticos” e “intelectuales”.

 

lunes, 18 de mayo de 2020

Comentarios sobre la novela «Señorita», de Juan Eslava Galán

Acabo de terminar de leer una novela que me recomendó Menchu Sarrión a raíz de un comentario que hizo en Facebook: «Eslava me dio clases y me dijo que la había escrito con la técnica del bestseller: anticipar y no contar». Me llamó la atención aquel comentario y tuve curiosidad por saber qué era eso de anticipar y no contar.

Por aquello de «anticipar», vaya por delante que soy un entusiasta seguidor de Juan Eslava Galán desde que me dejó sin reaccionar, sentado de culo una semana seguida, tras haberme bebido de un tirón su «En busca del unicornio» (1987), con la que ganó el premio Planeta de aquel año. Últimamente, lo que más disfruté de su producción fue «La mula» (2003), aunque también he pasado momentos memorables oyéndole dictar algunas conferencias y charlas, donde siempre sabe mezclar la dosis justa de erudición y amenidad con un discurso cargado de socarronería y fino sentido del humor. Adicionalmente, y a través de su prosa, me parece haber deducido que Eslava, además de un gran historiador, es un hombre aficionado al rijo, lo cual es un detalle que conforta bastante.
«Señorita» (1998) ganó el premio Fernando Lara de aquel año y trata, fundamentalmente, de aviones, de espionaje y de amor. Una novela de ficción histórica.
La acción discurre en el periodo que va desde julio de 1936 hasta la segunda mitad de 1945, es decir, desde el inicio de la Guerra Civil Española hasta un poco más allá del final de la II Guerra Mundial. La historia se mueve gracias a tres personajes fundamentales: Carmen, una modistilla sevillana que pierde todo lo que tiene, su padre y su hermano, activistas comunistas, fusilados en las primeras horas del Alzamiento Nacional en Sevilla; Rudolf, un noble prusiano, barón, brillante piloto de la Luftwaffe; y Yuri, el hijo de un agricultor que escala socialmente gracias a la política y consigue que su hijo se convierta en un mediocre piloto de las Fuerzas Aéreas soviéticas. La narración va saltando continuamente de Sevilla a diferentes puntos de Alemania y de Rusia, con la agilidad de la cinematografía; también pasa circunstancialmente por Lisboa y París para tener su clímax en Sevilla y resolverse muy lejos de allí, en Ekaterimburgo, en los confines de Rusia. Los cambios de escenario son muy rápidos y, prácticamente, coinciden con cada capítulo, en cuyo encabezamiento se suele enunciar el punto geográfico donde discurre. Si dividimos las 310 páginas que tiene la edición que he manejado entre los 106 capítulos, cada capítulo se resuelve, de media, en tres carillas. Muy cortos.
De la novela tengo que decir cosas buenas y otras no tan buenas. Quizás las buenas contengan a las otras y viceversa. Eso suele ir en gustos.
Lo bueno: la novela engancha, el tema es interesante, el dinamismo del estilo impide que haya parones en la acción —salvo en las ultimísimas páginas—; los personajes, tomándolos uno a uno, son creíbles y están bien construidos —a pesar de algunas inconsistencias que ocurren cuando Eslava los relaciona entre sí—; y los escenarios están bien dibujados. Uno puede decir que ha estado allí. En el despacho de Stalin, en el aristocrático castillo de los von Balke, en el corralón de vecinos de Triana. El lenguaje es cómodo para cualquier lector, aunque solvente. Eslava, de vez en cuando, deja caer alguna palabra suelta que —si eres de los hartibles como yo— tienes que buscar inmediatamente en el diccionario, por curiosidad, lo cual es bueno porque así todos avanzamos y mejoramos. Los términos usados en ruso y alemán no suelen estar directamente traducidos —¿para qué usarlos entonces?—, sino que, en la mayoría de los casos, el autor los explica sin hacer ostentación de la explicación.
Por otra parte, me he permitido buscar la biografía de algunos personajes secundarios y, para mi contento, he descubierto que una parte sustancial de ellos son reales. Algunos Incluso mantienen el nombre y apellidos. Hablamos de miembros del PCE, del PCUS, de ases de la aviación alemana y soviética, de la nomenclatura de Hitler y de la de Stalin. Otros solo están inspirados, como el gobernador militar de Sevilla con Queipo, al que Eslava solo le cambia el nombre y su manera de abandonar esta tierra. El resto, incluida la casa donde vivía en la calle Jesús del Gran Poder y quiénes eran sus amigachos, parece que está fidedignamente sacado de la realidad.
Juan Eslava Galán demuestra un conocimiento desmesurado de dos temas (entre otros muchos): la historia y política de los tres países concernidos durante el periodo en cuestión; así como de la aeronáutica militar, de las destrezas que deben atesorar los aviadores en el combate para hacerse con los aviones, y de los complicados entresijos mecánicos y técnicos de estos. Lo cual está bien, sin duda, se aprende y hace que uno a veces se sorprenda, pero, otras veces, Eslava incurre en una innecesaria prolijidad en los detalles —no siempre precisos para entender el curso de la narración—, que complican y distraen en el seguimiento de algunos lances.
Hay detalles que no parecen verosímiles como, por ejemplo, que una chica joven y sin experiencia en nada, pobre e inculta, que vive en una corrala de Triana, pueda suplantar a la hija de un marqués de Madrid con el entrenamiento forzado que le dan durante un mes. En ello se empeñan tres mentores: una francesa, un argentino y un ruso. Por muy guapa, lista y naturalmente elegante que sea, solo por el asunto del acento sevillano versus el madrileño, aquello no funcionaría («My fair lady»). Sin embargo, el maestro Eslava no se deja coger en esa auto celada y ya se preocupa de que la acción discurra por los cauces adecuados para que esa inconsistencia jamás llegue a materializarse.
Se nota que el autor tiene gusto por el tema cuando describe a los milicianos, a los legionarios, a los regulares, a los militares en general. También domina las complicadas relaciones que se daban entre los anarquistas, los comunistas y los socialistas, las diferentes facciones enfrentadas entre sí dentro del bando republicano. Da precisas pinceladas sobre cómo funcionaba un ejército y cómo lo hacía el contrario, con las consiguientes relaciones entre la soldadesca y el mando. Unos años más tarde, cuando sacó «La mula» (excelente novela ya citada más arriba y pésima película) Eslava, confesaría que desde pequeño exprimió todos los recuerdos que su padre tenía de la Guerra Civil, con los que fue capaz de componer una «casi» biografía de este en aquel libro.
Eslava se permite licencias con los nombres de algunos personajes, lo cual nos regala algunas gotas de un humor bien destilado. Por ejemplo, hay una señora sevillana que ostenta el título de marquesa de Pingüesarcas. Todos los milicianos tienen por primer apellido un pueblo de la provincia de Jaén (la tierra del autor) y de segundo un adjetivo curioso. El aviador alemán se mueve por Sevilla conduciendo un Studebaker igual que el del mosaico gigante que hay en la calle Tetuán. Tienen cierta gracia los nombres (reales) de las asociaciones de las que provenían los milicianos voluntarios: «Ateneo Ecléctico», «Liga de Esperantistas Antiestatales», «Asociación de Naturistas Pentálficos» o los «Filis de Puta». Por terminar, la sargento auxiliar (prostituta redimida por la Revolución) que dispensa favores sexuales a los milicianos previa entrega de un vale expedido y firmado por el coronel («Vale por dose por vos») se llama Evangelina Mollar Parihuela. Evangelina vive una tierna escena junto a otro sargento que tuvo la feliz idea de cambiarse el nombre de Juan de Dios por Juan de Lenin.
Por terminar, no sé si será cuestión de la edición digital que he manejado, pero me ha sorprendido que la edición no esté demasiado cuidada en algunos detalles. (Ya se sabe que cuando una novela gana un premio como el Fernando Lara, la editorial corre mucho para tener el libro impreso en las tiendas a poquísimos días de la cena de entrega en el Alcázar). Da la impresión de que, por las prisas, se hubiera editado y maquetado con poco cariño, sin que el texto haya sido revisado por un número adecuado de ojos, los que se necesitan para evitar según qué errores (saltos de línea indebidos, o suprimidos, diálogos mal puntuados, inconsistencias entre los titulares…). En este sentido, también me ha dado la impresión de que Eslava se esmera mucho en algunos pasajes, desarrollando una prosa muy cuidada, pero en otros corre que se las pela y no repasa (ni tiene quién le repase): verbos o sustantivos repetidos en dos líneas seguidas, conceptos o información ya dicha al lector que repite sin que sea necesario o sin que sea un recurso literario al uso, o que todas las mujeres bellas que son descritas a lo largo de la obra tengan, aproximadamente, la misma estructura y consistencia corporal.
En definitiva, no es una gran novela, pero tampoco es cuestión de estar todo el día leyendo «Guerra y paz». Por el contrario, sí es una narración amena e instructiva, por lo que me parece una buena idea dedicar un tiempo a conocer la historia de Carmen Albaida, su peripecia como mujer honrada, falsa aviadora, espía circunstancial y enamorada pertinaz; su trepidante peripecia y su sorprendente final.

domingo, 17 de mayo de 2020

«El equilibrio del mundo». Un microrrelato de Ginés S. Cutillas

El equilibrio del mundo.

Un microrrelato de Ginés S. Cutillas.
 
Del único hijo que estaba seguro era del pelirrojo. A los otros dos no los había visto en mi vida. Tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que al salir del hipermercado, con la confusión del gentío, me los habían cambiado. No me importó. Los cuidé durante tres años, confiando que otros harían lo mismo con los míos. Hasta el día del parque de atracciones, que con tanto crío me cambiaron al pelirrojo y al mayor de los extraños por una niña y un mulatillo. A éstos los crié durante casi diez años pero un día, al volver de la universidad me llegaron transformados. La chica por un joven que hablaba inglés y el que más tiempo había pasado conmigo por otro con gafas que parecía autista. Aún así, y pensando que la vida era esto, consentí pagarles los estudios hasta el final.
 
El día que se casaba el inglés, los padrinos —que iban a ser sus pseudohermanos— fueron sustituidos por dos chicas gemelas. Nada feas a decir verdad.
 
Ahora, ya en el lecho de muerte, espero cada vez que se abre la puerta de la habitación y entran tres jóvenes extraños, que sean mis hijos, los de verdad, los primeros, para poder despedirme de ellos y de este mundo que ya no entiendo.

viernes, 22 de febrero de 2019

Cada cual y lo extraño. Felipe Benítez Reyes

Libro de 12 relatos, cada uno dedicado a un mes del año, cada uno dedicado a un amigo.

«Hay momentos en los que las fantasías más modestas de ven abocadas a la prudencia y al desánimo».

domingo, 16 de diciembre de 2018

Álvaro Cunqueiro

Tengo un libro editado por un banco en 1981. Aquella entidad, hoy desaparecida, tuvo la original o peregrina idea de regalar un libro de cuentos como propagada para sus clientes. Quien tan civilizada publicidad compraba es o fue el Banco de Crédito e Inversiones. 

El libro se llama «Historias gallegas» y su autor es don Álvaro Cunqueiro (1911-1981). Me lo regaló mi hermano Javier y creo que a él se lo regaló nuestro abuelo Salvador que, por desgracia, fue hombre de mucho tener que pasearse por los bancos.

En él se recopilan —sin cariño, muy mal editadas, todo hay que decirlo— unas 70 u 80 historias cortísimas cuyos protagonistas son, cómo no, personajes gallegos. Cada historia, incluyendo un dibujo generoso al principio y otro pequeño a modo de cierre, ocupa solo una página, por delante y por detrás, en un formato de bolsillo de los pequeños y con letra enana.

(Creo que ya hablé de este libro una vez por aquí, cuando copié el mejor de todos los que lo integran, una historia de amor, o de no amor, titulada «Tristán García», pero es que lo tengo siempre a mano y, de vez en cuando, le pego un tiento.)

La estructura de cada relato es, prácticamente, la descripción de un personaje, otra más somera de quien le acompaña o se le enfrenta y una levísima y cortísima trama. Tras esto, la historia gallega queda concluida sin que uno se quede insatisfecho o se eche algo en falta.

Si no todas, que puede que sí, que lo sean todas, la mayoría de estas historias son deliciosas, claras y simples, y tienen la virtud de transportarte a esa tierra que tan lejos nos queda a nosotros, a sus brumas, su paleta de verdes, sus carballos, sus outeiros y sus meigas.

Me permito copiar aquí la maestría que gasta Cunqueiro al describir a un personaje en un solo párrafo, despachándose con lo mínimo. Lleva por título «Justina Conde».

«Según contaba, había estado en Buenos Aires en casa de un italiano, en calidad de ama de llaves, muy bien tratada por un amo respetuoso, con mucha comida de pasta con tomate, arroz a la milanesa y helados variados. El italiano, en los ratos libres tocaba el violín y le daba de comer a los dos canarios que tenía. Era dueño de un laboratorio. Era un hombre tranquilo, con grandes bigotes negros, muy arrellanado en su butacón, esperando que le dijesen que la comida estaba lista. A veces hablaba por teléfono con su familia, de Sicilia, preguntando por el tiempo que hacía allí.»

sábado, 18 de agosto de 2018

Microrrelato de Patricia Esteban Erles.

Fantasma.

El hombre que amé se ha convertido en fantasma. Me gusta ponerle mucho suavizante, plancharlo al vapor y usarlo como sábana bajera las noches que tengo una cita prometedora.

martes, 7 de febrero de 2017

"Tristán García", un microrrelato de Álvaro Cunqueiro

"Tristán García", un precioso micro relato de Álvaro Cunqueiro, con el que una vez asistí al espectáculo de ver como alguien que lo leía en voz alta, muy animado, se conmovía y rompía a llorar justo en las últimas líneas. Debe de ser lo que algunos llaman la magia de la escritura.


TRISTÁN GARCÍA

"Este Tristán del que hablo nunca se supo por qué le habían puesto este nombre en el sacramento de bautismo, ni conocía a nadie que se llamase como él.

Un tío suyo que trabajaba de camarero en un restaurante muy famoso de Lisboa, le decía que en Portugal conocía a dos o tres caballeros de ese nombre, y que todos ellos eran ricos. Tristán fue a cumplir el servicio militar a León, y allí, un día, en un quiosco, compró por dos reales, "La verdadera historia de los amantes Tristán e Isolda" con los enamorados muy abrazados en la portada del folletín. Al fin iba a saber quien había sido aquel Tristán cuyo nombre llevaba. Cuando llegó al final de la historia, con la muerte de ambos enamorados, Tristán García vertió unas lágrimas. Y desde aquel día le dio por cavilar que andando él por el mundo conocía a una mujer llamada Isolda, y se gustaban, y se hacían novios, y se casaban, y vivían muy felices en Viana do Bolo, de donde Tristán era natural. A todos sus compañeros del Regimiento de Burgos nº 38, les preguntaba si por un casual habría en su pueblo una muchacha que se llamase Isolda. No la había. Había alguna Isolina suelta, pero Isolina no era lo mismo que Isolda. Tristán se dolía de no dar con esa Isolda, porque si no la encontraba ahora en León, donde había tantas familias, no la iba a encontrar en Viana do Bolo, trabajando en el campo. Un día lo mandó llamar un sargento llamado Recuero.

- ¿Tú eres ése que anda con la manía de encontrar una mujer llamada Isolda?

- Sí, señor.

- Pues en Venta de Baños hay una viuda con ese nombre.

- ¿Joven o vieja?

- No sé, creo que es churrera.

Tanto se le había metido en el magín a nuestro Tristán la novela famosa, que no pudo dudar de que aquella Isolda de Venta de Baños fuese joven y hermosa. En todo caso, si era vieja, tendría una hija o una sobrina que la siguiese en el nombre, y si era churrera como ella podía seguir con el negocio en Orense o en Viana, donde ya era hora que diesen en los bares chocolate con churros. Le dieron un permiso a Tristán, y con los veinte pesos que tenía ahorrados cogió en León el tren para Venta de Baños. Ya en aquel empalme preguntó por la churrería de Isolda. La churrería estaba cerca de la estación. Y la señora Isolda era aquella que estaba envolviendo unos churros a un cura. Era una viejecita con el pelo blanco, hermosos ojos negros, la piel tersa, las manos muy graciosas poniendo los churros en el papel de estraza y espolvoreando azúcar por encima. Tristán dudó entre hablar con ella o no, pero ya llevaba gastadas cuarenta y siete pesetas en el billete de ida y vuelta.

- ¡Buenos días! ¿Usted es la señora Isolda?

- ¡Servidora!, le respondió la viejecita, sonriéndole.

- ¡Es que yo soy Tristán y venía a conocerla!

La viejecita cerró los ojos, y se agarró al mostrador para no caerse. Lágrimas rodaban por sus mejillas.

- ¡Tristán! ¡Tristán querido!, pudo decir al fin. ¡Toda mi juventud esperando conocer a un muchacho que se llamase Tristán! ¡Y como no aparecía, me casé con un tal Ismael, que era de Madrid!

Tristán saludó militarmente, y despacio se volvió a la estación a esperar el primer tren para León. Cuando éste llegó y Tristan subía al vagón de tercera, apareció la señora Isolda, con un paquete de churros. Se lo dio a Tristán y le besó la mano. No se dijeron nada.

Cosas así sólo pasan en los grandes amores".

Álvaro Cunqueiro (1911-1981) fue un novelista, poeta, dramaturgo, periodista y gastrónomo español, considerado uno de los grandes autores gallegos, tanto en gallego como en castellano.

sábado, 20 de agosto de 2016

Un microrrelato de Luis Mateo Díez











El pozo.

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años.

Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa.

Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse.

En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior.

"Este es un mundo como otro cualquiera", decía el mensaje.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Javier Marías tan lúcido como siempre

Aun más claro de lo que acostumbra.

El artículo inútil

Hay columnas que no sabe uno para qué las escribe. No es que tenga confianza en que ninguna influya lo más mínimo, ni haga recapacitar a nadie, ni ayude a ver a los lectores algo desde un punto de vista que no habían adoptado. Pero a veces hay un hilo de esperanza: “Quizá haya alguien que esté de acuerdo, o que descubra que lo está”. Hay unas cuantas, en cambio, cuya absoluta inutilidad le consta a uno desde la primera línea, y esta es de esas. Si me molesto en hablar del asunto una vez más, es sobre todo porque no consigo entender la extraña convicción que se ha apoderado de nuestras sociedades, con la española en segundo lugar mundial (tras China, creo) en la práctica de la piratería cultural.

No sé. Desde niño, desde que empecé a ir al cine y a leer libros, el placer que me provocaban esas dos actividades (lo mismo que oír música) fue tan incomparable que mi primera e instintiva reacción fue la de agradecimiento a quienes me las proporcionaban. A quienes ideaban y hacían las películas y escribían las novelas y componían o interpretaban o cantaban, de Bach a Elvis Presley sin distinción. Ese sentimiento no me ha abandonado nunca, se me ha mantenido intacto hacia cada nuevo autor, actor, director o músico que me entusiasmara, y hoy lo he hecho extensivo a los responsables de las series de televisión que, mientras han durado o aún duran, me permiten pasar momentos extraordinarios de contento, emoción, diversión y saber: Los Soprano, El ala oeste de la Casa Blanca, Deadwood, Inspector Morse, Frasier o Juego de tronos, por no alargar la lista. Se puede decir que por toda esa gente haría cualquier cosa, me pondría a su disposición para lo que necesitara, procuraría facilitarle su tarea y animarla a proseguirla. Lo último que se me ocurriría sería perjudicarla, no digamos privarla de sus ganancias. Precisamente porque quiero más de lo que esas personas hacen o han hecho, deseo que tengan éxito y reconocimiento para que así puedan continuar deleitándome sin trabas ni cortapisas. Si me fuera posible retroceder en el tiempo, haría cuanto estuviese en mi mano para ayudar a Shakespeare y Cervantes y Montaigne, a Conrad y Henry James y Flaubert y Stevenson, a Dickens y Baudelaire y Lampedusa y Elio y Rilke, a Nabokov y Faulkner y Bernhard, también a Dumas y Dinesen y Rebecca West y Diderot y Sterne. De decenas de ellos compraría y regalaría sus obras una y otra vez, dentro de mis posibilidades; contribuiría a que pudieran vivir de su arte, para que siguieran cultivándolo y yo disfrutara de él. Iría a ver un montón de veces (bueno, eso hice mientras coincidí en el mundo con ellos) las películas de Ford y Hitchcock y Wilder, las de Ophuls y Rossellini y Peckinpah y Anthony Mann. Compré y sigo comprando cada disco de Dylan y Cohen y de muchos más. Mi gratitud hacia todos es infinita, como lo es hacia Rampal y Glenn Gould y Sviatoslav Richter y Leonhardt y Rostropovich y Casals y Janet Baker y Michelangeli y tantos otros genios musicales. Les deseé o les deseo todo el bien del mundo, también por mi propio interés.

De ese sentimiento parece quedar poco rastro en el mundo actual. A menudo nos encontramos justamente con lo contrario, el rencor. Rencor hacia quien “hace lo que le gusta y encima pretende cobrar por ello”. Rencor hacia “quienes se forran” con su talento, como si poseer talento debiera condenar a un individuo a malvivir. Como si algún artista obligara a nadie a consumir sus “productos”. La gente siempre ve, escucha, lee lo que le da la gana, con entera libertad. Y si hay muchas personas deseosas de ver, escuchar o leer a tal intérprete o autor, ¿qué sentido tiene que no se beneficien de ello quienes nos brindan el conocimiento y el placer? Y sin embargo está instalada –arraigada ya– la creencia de que todo eso ha de ser gratis. De que la cultura es como el aire, por el que a nadie se cobra (ya llegará); de que es una especie de “don natural” o “divino” que flota y al que todo el mundo tiene derecho … sin pagar. Leo en el suplemento New York Times de este diario que una tal Hana Beshara fundó un sitio web popularísimo para descargar películas y series de forma ilegal. En su mejor momento llegó a recibir 2,6 millones de visitas ¡diarias! Al cabo del tiempo fue detenida, y tras dieciséis meses en prisión, declara: “Nunca me arrepentiré”. La mayoría de los jóvenes y no tan jóvenes estadounidenses juzga la descarga ilegal una “minucia”, y su conciencia está tranquilísima. No les importa que Kim Dotcom, el jefe de Megaupload, se hiciera multimillonario con el trabajo de otros; al contrario, adoran al presunto delincuente y explotador, el agradecimiento lo reservan para él. Eso en los Estados Unidos, que, a diferencia de España, no es (todavía) un país de ladrones redomados y vocacionales que consideran que todo les es debido, más o menos como Blesa, Rato, Barcoj y demás usuarios de las tarjetas sin fondo de Caja Madrid y Bankia. Esos mismos jóvenes se indignan cuando sus compañeros utilizan sus trabajos sin permiso, pero no son capaces de advertir la contradicción. Es como si tuvieran interiorizada la siguiente, egoísta y pueril idea: “No hay nada malo en coger lo ajeno, salvo si me lo cogen a mí. A mí no, ¿eh?” Qué se puede hacer ante semejante mentalidad, extendida y ufana, cuando no cargada de razón con “argumentos” tan demagógicos como peregrinos y reaccionarios. Nada. Ya lo dije al comenzar: no sé a santo de qué escribo este artículo.

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