La señora Peckinpah, doctora en Matemáticas por el King's College de Oxford, busca un arma en su bolso un domingo por la mañana en las calles de la ciudad donde ha vivido casi siempre.
sábado, 5 de septiembre de 2020
La máquina Enigma
domingo, 17 de mayo de 2020
«El equilibrio del mundo». Un microrrelato de Ginés S. Cutillas
lunes, 23 de marzo de 2020
Fútbol y Nayim
Es de mal gusto hablar de uno cuando se escribe, pero cuando te toca estar todo el día encerrado y casi la única ventana a la calle es la del televisor, uno tiende a gastar demasiadas horas mirando por ahí y no pasa casi nada que merezca la pena ser contado. Pero bueno, empiezo ahí y ya veremos dónde terminamos.
Como saben los que me tratan lo suficiente, nunca voy al fútbol y solo veo fútbol cuando juega España, aunque bien es verdad que, incluso con la selección española, me cuesta aguantar los noventa minutos pendiente del partido. En vez de eso y mientras hago presencia delante de la tele, suelo leer o mirar el móvil o hacer un sudoku. En realidad, lo que a mí me gusta es el resumen que dan al final, donde no tienes que esperar a que los jugadores, tan trabajosamente, fabriquen goles —o no— y donde, además, te ponen los momentos más vibrantes del lance en un par de minutos o tres.
Al hilo de esto, y para hacernos más llevadero el confinamiento por el corona virus, hay cadenas que —con criterio encomiable— nos están retransmitiendo en diferido algunas de las gestas deportivas protagonizadas por deportistas y equipos españoles que más nos emocionaron en su momento: el doce a uno contra Malta en el 83; la final contra Holanda en el mundial de Sudáfrica; la final de la Davis contra EEUU en Sevilla… y así.
Esta secuencia de éxitos vista toda seguida, a cualquier hora del día que uno elija, durante cada una de las jornadas de encierro, incluyó una de la que guardo gratísimo recuerdo: la proeza infinita del Real Zaragoza ganándole la Recopa de Europa de fútbol al Ársenal en 1995. Resumo los hechos para quien no los conozca: el Zaragoza no era uno de «los grandes» sino más bien todo lo contrario, pero se las había arreglado para meterse en una final europea. El partido estaba enconado a pesar de que el Ársenal sí que era uno de los grandes. En el último segundo del último minuto del tiempo reglamentado, el ceutí Mohamed Alí Amar, para el fútbol, Nayim, coge la pelota casi en el centro del campo, ve adelantado a Seaman, el portero inglés, y desde cuarenta y nueve metros —cuatro nueve, 49—, le pega. La pelota coge altura, describe un gran arco y se cuela exactamente por donde tenía que hacerlo. Seaman se queda estupefacto, tumbado dentro de la portería, trabado en la red y maldiciendo entre dientes en un correctísimo arameo-inglés. Zaragoza, tierra de gente dura, humilde, generosa, gente que aguanta lo que le echen y llega en silencio hasta el final, tenía un equipo campeón de Europa.
Pues el gol del ceutí me ha traído a la cabeza a un amigo del que ahora ya no sé nada. Algo que supongo que también le pasa a usted, querido lector. Esos distanciamientos entre personas que en otra época estuvieron cerca no tienen por qué tener su origen en un desencuentro, una flagrante enemistad o un apacible hartazgo. Un tiempo y un sitio nos acercan a las personas. La llegada de otros tiempos y otros sitios nos separan de esas mismas personas. Entiendo que la naturaleza está en ambos procesos.
Transcurrían las primeras horas de la noche. Cuatro compañeros de trabajo cenábamos tras una jornada, quizás, demasiado intensa. Se nos notaba el cansancio. Mis tres colegas eran maños, gente tan adusta como robusta en sus maneras, de esa que para decir «No» dice «Sí, por los cojones». En medio del silencio en el que masticábamos, uno de ellos, por animar el cotarro, hizo una pregunta al aire: «¿Cuál es el mejor triunfo deportivo que recordáis?». Uno dijo que el partido contra Malta, el otro que lo de Abel Antón en Barcelona y un tercero, que era especialmente tímido y un poco —un bastante— tartamudo añadió: «Yo… el gol de Na… Nayím».
Estuvimos de acuerdo. Tras repasar brevemente los detalles, volvimos al silencio de la masticación, hasta que quien había preferido aquella hazaña, añadió:
—Pero yo no recuerdo aquel gol porque sea socio del Zaragoza desde pequeño ni porque quedáramos campeones de Europa. Lo recuerdo porque cuando Nayím marcó, mi padre se puso tan contento que me abrazó. Aquella fue la primera vez que mi padre me abrazó en toda mi vida.
Gente recia, los maños, ya se sabe.
domingo, 16 de septiembre de 2018
“Ahora”, un microrrelato de Clara Guzmán
Te cambio un para siempre por un puñado de ahoras. Porque hay palabras que se agostan con sólo nombrarlas, hablemos nuestro lenguaje de vida. Ven, quítate los nudos y toma mi mano. Y así, entrelazadas, vamos a alcanzar la cima. Ahora, sí; ahora que el otoño ya se asoma.
sábado, 18 de agosto de 2018
Microrrelato de Patricia Esteban Erles.
Fantasma.
El hombre que amé se ha convertido en fantasma. Me gusta ponerle mucho suavizante, plancharlo al vapor y usarlo como sábana bajera las noches que tengo una cita prometedora.
martes, 12 de diciembre de 2017
Un micro sin título inspirado en una foto
Tengo cincuenta primos. Primos hermanos. No todos vivos, por desgracia. Cada uno un mundo, cada mundo con su atractivo que, por suerte, es mucho. Me encanta todo lo que me aportan mis primos. Uno en concreto, uno de los mejores que tengo, está hoy en El Barco de Ávila y me manda esta foto porque se acuerda. Qué grande eres, Jesús Rus.
«Es, o era, la mejor amiga de una tía abuela mía. En 1915, a los veintiuno, cogió un barco en Cádiz para reunirse con su novio que la esperaba en La Habana. Allí iban a casarse y a establecerse. El barco náufragó, puede que por culpa de un torpedo de un submarino del káiser alemán, no se sabe con certeza. El caso es que ella desapareció en el Atlántico. De su novio nadie volvió a tener noticias en España.»martes, 7 de febrero de 2017
"Tristán García", un microrrelato de Álvaro Cunqueiro
"Tristán García", un precioso micro relato de Álvaro Cunqueiro, con el que una vez asistí al espectáculo de ver como alguien que lo leía en voz alta, muy animado, se conmovía y rompía a llorar justo en las últimas líneas. Debe de ser lo que algunos llaman la magia de la escritura.
TRISTÁN GARCÍA
"Este Tristán del que hablo nunca se supo por qué le habían puesto este nombre en el sacramento de bautismo, ni conocía a nadie que se llamase como él.
Un tío suyo que trabajaba de camarero en un restaurante muy famoso de Lisboa, le decía que en Portugal conocía a dos o tres caballeros de ese nombre, y que todos ellos eran ricos. Tristán fue a cumplir el servicio militar a León, y allí, un día, en un quiosco, compró por dos reales, "La verdadera historia de los amantes Tristán e Isolda" con los enamorados muy abrazados en la portada del folletín. Al fin iba a saber quien había sido aquel Tristán cuyo nombre llevaba. Cuando llegó al final de la historia, con la muerte de ambos enamorados, Tristán García vertió unas lágrimas. Y desde aquel día le dio por cavilar que andando él por el mundo conocía a una mujer llamada Isolda, y se gustaban, y se hacían novios, y se casaban, y vivían muy felices en Viana do Bolo, de donde Tristán era natural. A todos sus compañeros del Regimiento de Burgos nº 38, les preguntaba si por un casual habría en su pueblo una muchacha que se llamase Isolda. No la había. Había alguna Isolina suelta, pero Isolina no era lo mismo que Isolda. Tristán se dolía de no dar con esa Isolda, porque si no la encontraba ahora en León, donde había tantas familias, no la iba a encontrar en Viana do Bolo, trabajando en el campo. Un día lo mandó llamar un sargento llamado Recuero.
- ¿Tú eres ése que anda con la manía de encontrar una mujer llamada Isolda?
- Sí, señor.
- Pues en Venta de Baños hay una viuda con ese nombre.
- ¿Joven o vieja?
- No sé, creo que es churrera.
Tanto se le había metido en el magín a nuestro Tristán la novela famosa, que no pudo dudar de que aquella Isolda de Venta de Baños fuese joven y hermosa. En todo caso, si era vieja, tendría una hija o una sobrina que la siguiese en el nombre, y si era churrera como ella podía seguir con el negocio en Orense o en Viana, donde ya era hora que diesen en los bares chocolate con churros. Le dieron un permiso a Tristán, y con los veinte pesos que tenía ahorrados cogió en León el tren para Venta de Baños. Ya en aquel empalme preguntó por la churrería de Isolda. La churrería estaba cerca de la estación. Y la señora Isolda era aquella que estaba envolviendo unos churros a un cura. Era una viejecita con el pelo blanco, hermosos ojos negros, la piel tersa, las manos muy graciosas poniendo los churros en el papel de estraza y espolvoreando azúcar por encima. Tristán dudó entre hablar con ella o no, pero ya llevaba gastadas cuarenta y siete pesetas en el billete de ida y vuelta.
- ¡Buenos días! ¿Usted es la señora Isolda?
- ¡Servidora!, le respondió la viejecita, sonriéndole.
- ¡Es que yo soy Tristán y venía a conocerla!
La viejecita cerró los ojos, y se agarró al mostrador para no caerse. Lágrimas rodaban por sus mejillas.
- ¡Tristán! ¡Tristán querido!, pudo decir al fin. ¡Toda mi juventud esperando conocer a un muchacho que se llamase Tristán! ¡Y como no aparecía, me casé con un tal Ismael, que era de Madrid!
Tristán saludó militarmente, y despacio se volvió a la estación a esperar el primer tren para León. Cuando éste llegó y Tristan subía al vagón de tercera, apareció la señora Isolda, con un paquete de churros. Se lo dio a Tristán y le besó la mano. No se dijeron nada.
Cosas así sólo pasan en los grandes amores".
Álvaro Cunqueiro (1911-1981) fue un novelista, poeta, dramaturgo, periodista y gastrónomo español, considerado uno de los grandes autores gallegos, tanto en gallego como en castellano.
sábado, 20 de agosto de 2016
Un microrrelato de Luis Mateo Díez
El pozo.
Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años.
Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa.
Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse.
En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior.
"Este es un mundo como otro cualquiera", decía el mensaje.
domingo, 22 de diciembre de 2013
Lenny Lanz
Foto: Luis Miguel Rufino. "King Street, Hammersmith, Londres". Diciembre de 2013.
sábado, 28 de septiembre de 2013
Fidelidades.
Sólo cuando el albacea abrió el testamento se supo que la famosa escritora había legado quince mil euros a su secretario, el que durante treinta años pasó todos sus trabajos a máquina.
Él no dudó sobre el destino que daría al dinero: compró una tumba contigua a la de ella, en el cementerio de la ciudad que durante tantos años los vio pasear sus atardeceres. «Por si la señora necesita dictarme alguna vez», explicó.
Foto: Cementerio de Melilla, © Luis M. Rufino, 2004.






