Sólo cuando el albacea abrió el testamento se supo que la famosa escritora había legado quince mil euros a su secretario, el que durante treinta años pasó todos sus trabajos a máquina.
Él no dudó sobre el destino que daría al dinero: compró una tumba contigua a la de ella, en el cementerio de la ciudad que durante tantos años los vio pasear sus atardeceres. «Por si la señora necesita dictarme alguna vez», explicó.
Foto: Cementerio de Melilla, © Luis M. Rufino, 2004.
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