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sábado, 4 de julio de 2020

El sesgo de supervivencia

Abraham Wald fue un matemático húngaro experto en teoría de la decisión y en análisis estadístico y econométrico.

En 1938 emigró a Estados Unidos y, ya iniciada la Segunda Guerra Mundial, el ministerio de Defensa de ese país le pidió consejo para interpretar el gráfico que acompaña a esta entrada.
 
Habían completado un estudio en el que se incluían los daños sufridos por las aeronaves que pudieron regresar de misiones bélicas: los puntos rojos reflejaban los impactos recibidos. El objetivo de Defensa era blindar los aviones en las zonas de mayor probabilidad de daño para reforzar la seguridad de los pilotos.
 
Los militares se quedaron estupefactos cuando Wald les dijo que el gráfico había que interpretarlo justo al revés: el estudio de Defensa sólo había tomado en consideración la muestra de aviones que habían sobrevivido a sus misiones, obviando todos aquellos que habían sido derribados y nunca regresaron.
 
Los agujeros del fuselaje eran, por tanto, zonas en las que los aviones podían permitirse recibir impactos y aun así regresar a salvo a la base, mientras que las zonas que aparecían intactas en los aviones de la muestra eran precisamente las críticas, aquellas en las que los impactos resultaban letales y, según la encomienda, las que necesitaban ser reforzadas.
 
Desde entonces y gracias a Wald, en Estadística, este problema se conoce como “sesgo de supervivencia”, un error sistemático en la selección de una muestra estadística al considerar sólo los elementos observables (aviones supervivientes), obviando a los no observables (aviones derribados) que, precisamente por eso, hacen que la muestra deje de ser representativa de la población.
Ironías de la vida: Abraham Wald falleció en 1950 en un accidente de aviación.


lunes, 18 de mayo de 2020

Comentarios sobre la novela «Señorita», de Juan Eslava Galán

Acabo de terminar de leer una novela que me recomendó Menchu Sarrión a raíz de un comentario que hizo en Facebook: «Eslava me dio clases y me dijo que la había escrito con la técnica del bestseller: anticipar y no contar». Me llamó la atención aquel comentario y tuve curiosidad por saber qué era eso de anticipar y no contar.

Por aquello de «anticipar», vaya por delante que soy un entusiasta seguidor de Juan Eslava Galán desde que me dejó sin reaccionar, sentado de culo una semana seguida, tras haberme bebido de un tirón su «En busca del unicornio» (1987), con la que ganó el premio Planeta de aquel año. Últimamente, lo que más disfruté de su producción fue «La mula» (2003), aunque también he pasado momentos memorables oyéndole dictar algunas conferencias y charlas, donde siempre sabe mezclar la dosis justa de erudición y amenidad con un discurso cargado de socarronería y fino sentido del humor. Adicionalmente, y a través de su prosa, me parece haber deducido que Eslava, además de un gran historiador, es un hombre aficionado al rijo, lo cual es un detalle que conforta bastante.
«Señorita» (1998) ganó el premio Fernando Lara de aquel año y trata, fundamentalmente, de aviones, de espionaje y de amor. Una novela de ficción histórica.
La acción discurre en el periodo que va desde julio de 1936 hasta la segunda mitad de 1945, es decir, desde el inicio de la Guerra Civil Española hasta un poco más allá del final de la II Guerra Mundial. La historia se mueve gracias a tres personajes fundamentales: Carmen, una modistilla sevillana que pierde todo lo que tiene, su padre y su hermano, activistas comunistas, fusilados en las primeras horas del Alzamiento Nacional en Sevilla; Rudolf, un noble prusiano, barón, brillante piloto de la Luftwaffe; y Yuri, el hijo de un agricultor que escala socialmente gracias a la política y consigue que su hijo se convierta en un mediocre piloto de las Fuerzas Aéreas soviéticas. La narración va saltando continuamente de Sevilla a diferentes puntos de Alemania y de Rusia, con la agilidad de la cinematografía; también pasa circunstancialmente por Lisboa y París para tener su clímax en Sevilla y resolverse muy lejos de allí, en Ekaterimburgo, en los confines de Rusia. Los cambios de escenario son muy rápidos y, prácticamente, coinciden con cada capítulo, en cuyo encabezamiento se suele enunciar el punto geográfico donde discurre. Si dividimos las 310 páginas que tiene la edición que he manejado entre los 106 capítulos, cada capítulo se resuelve, de media, en tres carillas. Muy cortos.
De la novela tengo que decir cosas buenas y otras no tan buenas. Quizás las buenas contengan a las otras y viceversa. Eso suele ir en gustos.
Lo bueno: la novela engancha, el tema es interesante, el dinamismo del estilo impide que haya parones en la acción —salvo en las ultimísimas páginas—; los personajes, tomándolos uno a uno, son creíbles y están bien construidos —a pesar de algunas inconsistencias que ocurren cuando Eslava los relaciona entre sí—; y los escenarios están bien dibujados. Uno puede decir que ha estado allí. En el despacho de Stalin, en el aristocrático castillo de los von Balke, en el corralón de vecinos de Triana. El lenguaje es cómodo para cualquier lector, aunque solvente. Eslava, de vez en cuando, deja caer alguna palabra suelta que —si eres de los hartibles como yo— tienes que buscar inmediatamente en el diccionario, por curiosidad, lo cual es bueno porque así todos avanzamos y mejoramos. Los términos usados en ruso y alemán no suelen estar directamente traducidos —¿para qué usarlos entonces?—, sino que, en la mayoría de los casos, el autor los explica sin hacer ostentación de la explicación.
Por otra parte, me he permitido buscar la biografía de algunos personajes secundarios y, para mi contento, he descubierto que una parte sustancial de ellos son reales. Algunos Incluso mantienen el nombre y apellidos. Hablamos de miembros del PCE, del PCUS, de ases de la aviación alemana y soviética, de la nomenclatura de Hitler y de la de Stalin. Otros solo están inspirados, como el gobernador militar de Sevilla con Queipo, al que Eslava solo le cambia el nombre y su manera de abandonar esta tierra. El resto, incluida la casa donde vivía en la calle Jesús del Gran Poder y quiénes eran sus amigachos, parece que está fidedignamente sacado de la realidad.
Juan Eslava Galán demuestra un conocimiento desmesurado de dos temas (entre otros muchos): la historia y política de los tres países concernidos durante el periodo en cuestión; así como de la aeronáutica militar, de las destrezas que deben atesorar los aviadores en el combate para hacerse con los aviones, y de los complicados entresijos mecánicos y técnicos de estos. Lo cual está bien, sin duda, se aprende y hace que uno a veces se sorprenda, pero, otras veces, Eslava incurre en una innecesaria prolijidad en los detalles —no siempre precisos para entender el curso de la narración—, que complican y distraen en el seguimiento de algunos lances.
Hay detalles que no parecen verosímiles como, por ejemplo, que una chica joven y sin experiencia en nada, pobre e inculta, que vive en una corrala de Triana, pueda suplantar a la hija de un marqués de Madrid con el entrenamiento forzado que le dan durante un mes. En ello se empeñan tres mentores: una francesa, un argentino y un ruso. Por muy guapa, lista y naturalmente elegante que sea, solo por el asunto del acento sevillano versus el madrileño, aquello no funcionaría («My fair lady»). Sin embargo, el maestro Eslava no se deja coger en esa auto celada y ya se preocupa de que la acción discurra por los cauces adecuados para que esa inconsistencia jamás llegue a materializarse.
Se nota que el autor tiene gusto por el tema cuando describe a los milicianos, a los legionarios, a los regulares, a los militares en general. También domina las complicadas relaciones que se daban entre los anarquistas, los comunistas y los socialistas, las diferentes facciones enfrentadas entre sí dentro del bando republicano. Da precisas pinceladas sobre cómo funcionaba un ejército y cómo lo hacía el contrario, con las consiguientes relaciones entre la soldadesca y el mando. Unos años más tarde, cuando sacó «La mula» (excelente novela ya citada más arriba y pésima película) Eslava, confesaría que desde pequeño exprimió todos los recuerdos que su padre tenía de la Guerra Civil, con los que fue capaz de componer una «casi» biografía de este en aquel libro.
Eslava se permite licencias con los nombres de algunos personajes, lo cual nos regala algunas gotas de un humor bien destilado. Por ejemplo, hay una señora sevillana que ostenta el título de marquesa de Pingüesarcas. Todos los milicianos tienen por primer apellido un pueblo de la provincia de Jaén (la tierra del autor) y de segundo un adjetivo curioso. El aviador alemán se mueve por Sevilla conduciendo un Studebaker igual que el del mosaico gigante que hay en la calle Tetuán. Tienen cierta gracia los nombres (reales) de las asociaciones de las que provenían los milicianos voluntarios: «Ateneo Ecléctico», «Liga de Esperantistas Antiestatales», «Asociación de Naturistas Pentálficos» o los «Filis de Puta». Por terminar, la sargento auxiliar (prostituta redimida por la Revolución) que dispensa favores sexuales a los milicianos previa entrega de un vale expedido y firmado por el coronel («Vale por dose por vos») se llama Evangelina Mollar Parihuela. Evangelina vive una tierna escena junto a otro sargento que tuvo la feliz idea de cambiarse el nombre de Juan de Dios por Juan de Lenin.
Por terminar, no sé si será cuestión de la edición digital que he manejado, pero me ha sorprendido que la edición no esté demasiado cuidada en algunos detalles. (Ya se sabe que cuando una novela gana un premio como el Fernando Lara, la editorial corre mucho para tener el libro impreso en las tiendas a poquísimos días de la cena de entrega en el Alcázar). Da la impresión de que, por las prisas, se hubiera editado y maquetado con poco cariño, sin que el texto haya sido revisado por un número adecuado de ojos, los que se necesitan para evitar según qué errores (saltos de línea indebidos, o suprimidos, diálogos mal puntuados, inconsistencias entre los titulares…). En este sentido, también me ha dado la impresión de que Eslava se esmera mucho en algunos pasajes, desarrollando una prosa muy cuidada, pero en otros corre que se las pela y no repasa (ni tiene quién le repase): verbos o sustantivos repetidos en dos líneas seguidas, conceptos o información ya dicha al lector que repite sin que sea necesario o sin que sea un recurso literario al uso, o que todas las mujeres bellas que son descritas a lo largo de la obra tengan, aproximadamente, la misma estructura y consistencia corporal.
En definitiva, no es una gran novela, pero tampoco es cuestión de estar todo el día leyendo «Guerra y paz». Por el contrario, sí es una narración amena e instructiva, por lo que me parece una buena idea dedicar un tiempo a conocer la historia de Carmen Albaida, su peripecia como mujer honrada, falsa aviadora, espía circunstancial y enamorada pertinaz; su trepidante peripecia y su sorprendente final.

domingo, 3 de mayo de 2020

Un Heinkel en San Sebastián

 

Poco antes de la media noche del día en que se rubricaba el tratado por el que los contendientes daban por terminaba la II Guerra Mundial, un avión de transporte Heinkel He-111 con las divisas de la Luftwafe y el numeral TQ+MU, salía del aeropuerto de Oslo, Noruega, con dirección al sur. Aquel era el avión personal del ministro de Armamento del III Reich —el arquitecto Albert Speer—, pero quien huía de los vencedores en él, junto otros con cuatro militares de la Wermacht, era el líder nazi belga Leon Degrelle, a la sazón de 39 años. Un año antes, mientras le imponía la Cruz de Hierro sobre el pecho, el mismísimo Hitler se había dirigido a él en estos términos: «Si alguna vez tuviera un hijo, quisiera que fuera como usted».

Volaron toda la noche sobre territorio francés, sorteando las numerosas defensas antiaéreas aliadas, hasta que, justo en la frontera con España, ya en la provincia de Guipúzcoa, el Heinkel se quedó sin combustible. Seco. El piloto, en un alarde, y aprovechando la marea baja, intentó aterrizar sobre la paya de la Concha de San Sebastián. No lo consiguió. Solo pudo amerizar a unos metros de la misma tras dar tres tumbos entre rocas y agua. Eran las 06:30 de la mañana de 8 de mayo de 1945.

Muchos vecinos donostiarras, algunos en pijama, al oír el estruendo que produjo un aparato tan grande chocando contra el agua, salieron a ver qué pasaba. Allí estaba. Un avión semihundido con la cruz gamada dibujada en la cola y cinco fulanos de uniforme tratando de salir de él.

De los ocupantes del avión, todos resultaron ilesos salvo Degrelle, que estuvo quince meses internado en un hospital militar en San Sebastián. El hospital Mola, se llamaba. Quizás sus heridas no eran tan graves como el miedo que le supuso enterarse de que Franco había manifestado una primera intención de entregarlo a los aliados.

Al final, y fuera por lo que fuese, el líder nazi belga se curó, consiguió un pasaporte español y vivió casi 49 años entre Madrid y Málaga, hasta que murió en 1994.

Las autoridades sacaron el avión parcialmente sumergido, lo montaron en varios camiones y lo llevaron a la Maestranza Aérea de Logroño. Allí, tras ser convenientemente despojado de las piezas que podían ser usadas como repuestos en los He-111 españoles, fue desguazado y convertido en chatarra. Eso sí, antes de que el aparato fuera devuelto sacado del mar, los niños —y los no tan niños— donostiarras, mojándose apenas hasta los muslos, entraron en él y se llevaron todo lo que merecía la pena llevarse.

Yo hubiera hecho lo mismo.

domingo, 26 de abril de 2020

Las Brujas de la Noche (Night Witches)

Las Brujas de la Noche (Night Witches) fue un escuadrón de 80 mujeres piloto que realizaron unas 30.000 misiones de bombardeo nocturno contra las tropas alemanas que invadieron Rusia durante la SGM.

Volaban en aviones que, originalmente, servían para fumigar y entrenar nuevos pilotos, por eso solo cargaban dos bombas en cada misión, por lo que tenían que realizar varias misiones cada noche.

Sus aviones eran ruidosos y lentos, por lo que, para evitar las defensas antiaéreas, subían a gran altura en la noche, apagaban el motor y planeaban hasta su objetivo. Cuando soltaban las dos bombas, encendían de nuevo el motor y volvían a la base para repetir.

Para quitarle peso a su avión, volaban sin paracaídas.

 
This is a group photo of the Night Witches, a Russian, all female bomber squad during World War 2.⁣
They consisted of 80 women who flew a total of 30,000 sorties and dropped 23 tons of bombs on German invaders in a span of four years.⁣
Consisting of mostly teenagers and early 20-year-old volunteers, the Night Witches earned their nicknames because they would fly over enemy territories and then shut off their engines, allowing their planes to glide over their targets and drop their bombs silently.⁣
The woman standing in the photo and looking at the camera is Nadezhda Popova. She was initially rejected when she tried to sign up as a pilot at the beginning of the war. “No one in the armed services wanted to give women the freedom to die,” she said. However, in 1941, orders came from Moscow to establish a few regiments consisting of female pilots.⁣
Popova became one of the first female volunteers to join the war effort. Her main motivation was to avenge her brother who was killed in action fighting the invading Germans. She personally flew 852 missions. “Almost every time we had to sail through a wall of enemy fire,” she said.⁣
Popova survived the war and worked as a flight instructor in Moscow. Before passing away at age 91 in 2013, she did an interview in which she said:⁣
“I sometimes stare into the blackness and close my eyes. I can still imagine myself as a young girl, up there in my little bomber. And I ask myself, ‘Nadia, how did you do it?’ ”⁣