Poco antes de la media noche del día en que se rubricaba el tratado por el que los contendientes daban por terminaba la II Guerra Mundial, un avión de transporte Heinkel He-111 con las divisas de la Luftwafe y el numeral TQ+MU, salía del aeropuerto de Oslo, Noruega, con dirección al sur. Aquel era el avión personal del ministro de Armamento del III Reich —el arquitecto Albert Speer—, pero quien huía de los vencedores en él, junto otros con cuatro militares de la Wermacht, era el líder nazi belga Leon Degrelle, a la sazón de 39 años. Un año antes, mientras le imponía la Cruz de Hierro sobre el pecho, el mismísimo Hitler se había dirigido a él en estos términos: «Si alguna vez tuviera un hijo, quisiera que fuera como usted».
Volaron toda la noche sobre territorio francés, sorteando las numerosas defensas antiaéreas aliadas, hasta que, justo en la frontera con España, ya en la provincia de Guipúzcoa, el Heinkel se quedó sin combustible. Seco. El piloto, en un alarde, y aprovechando la marea baja, intentó aterrizar sobre la paya de la Concha de San Sebastián. No lo consiguió. Solo pudo amerizar a unos metros de la misma tras dar tres tumbos entre rocas y agua. Eran las 06:30 de la mañana de 8 de mayo de 1945.
Muchos vecinos donostiarras, algunos en pijama, al oír el estruendo que produjo un aparato tan grande chocando contra el agua, salieron a ver qué pasaba. Allí estaba. Un avión semihundido con la cruz gamada dibujada en la cola y cinco fulanos de uniforme tratando de salir de él.
De los ocupantes del avión, todos resultaron ilesos salvo Degrelle, que estuvo quince meses internado en un hospital militar en San Sebastián. El hospital Mola, se llamaba. Quizás sus heridas no eran tan graves como el miedo que le supuso enterarse de que Franco había manifestado una primera intención de entregarlo a los aliados.
Al final, y fuera por lo que fuese, el líder nazi belga se curó, consiguió un pasaporte español y vivió casi 49 años entre Madrid y Málaga, hasta que murió en 1994.
Las autoridades sacaron el avión parcialmente sumergido, lo montaron en varios camiones y lo llevaron a la Maestranza Aérea de Logroño. Allí, tras ser convenientemente despojado de las piezas que podían ser usadas como repuestos en los He-111 españoles, fue desguazado y convertido en chatarra. Eso sí, antes de que el aparato fuera devuelto sacado del mar, los niños —y los no tan niños— donostiarras, mojándose apenas hasta los muslos, entraron en él y se llevaron todo lo que merecía la pena llevarse.
Yo hubiera hecho lo mismo.

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