domingo, 22 de noviembre de 2020

Un micro de Luis Mateo Díez

La carta.

Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el portafolios y, antes de comenzar la tarea diaria, escribo una línea en la larga carta donde, desde hace catorce años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Gambito de dama

Aprendí a jugar al ajedrez con mi abuelo, que, pasados los años, empezó a llevar muy mal que, alguna que otra vez, muy pocas, le ganase (igual porque se dejaba ganar). De ahí pasé a jugar con mis hijos.
 
Aquello duró hasta que los niños crecieron lo suficiente como para darse cuenta de que yo también me dejaba ganar y decidieron preferir otros esparcimientos más acordes con sus gustos. Sin embargo, la breve incursión en el ajedrez sirvió para conservar aún hoy algún recuerdo divertido y tierno, como el hecho de que uno de mis hijos, cuando se le decía «Jaque mate», contestaba «Pues yo no me rindo».
 
El que tenga Netflix y algo de tiempo para la expansión y el relajo, que se vea esta serie, por favor. No se va a arrepentir.
Aunque no le guste el ajedrez.
Aunque no sepa jugar al ajedrez.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Sobre negros

La otra mañana, por primera vez, me fijé en varias losas de mármol con inscripciones que hay en la base del monumento a la Inmaculada, en la plaza del Triunfo de Sevilla.
 
No encontré ninguna fecha en los mármoles, pero aunque esa plaza fue construida a principios del siglo XX, las losas deben de ser de bastante antes (calculo que como del XVII o XVIII, aunque no tengo ningún criterio).
 
El texto es el siguiente: «El conde de Salvatierra, Juan de Vargas Sotomayor, los negros Molina y Moreno, Gonzalo de Ocampo, D. Enrique de Guzmán, Gonzalo Núñez de Sepúlveda, el cardenal Cienfuegos, el cardenal Spínola, el padre Juan Bautista Moga, S. J.».
 
Me llamó la atención que entre tanto apellido noble y tanto alto clero, se nombrara a «los negros Molina y Moreno», lo que implica que debían de ser exesclavos venidos a más que habían colaborado para erigir cualquiera que fuese el monumento que se conmemoraba con esos mármoles.
 
He leído que, hacia 1565, los negros en Sevilla suponían casi un 10 % de la población total. Incluso Cervantes dejó escrito que Sevilla «parecía un tablero de ajedrez».
 
Eran los tiempos en que la ciudad era una urbe radicalmente cosmopolita, donde convivían personas llegadas de los más remotos lugares del mundo, gracias a un puerto extraordinariamente dinámico y al comercio con América.
 
Es también curioso el detalle de que, como cien años antes del descubrimiento de América, a finales del siglo XIV (1393), en Sevilla se fundara la cofradía llamada de Los Negros, que aún hoy procesiona los Jueves Santos por la ciudad y a la que todo el mundo conoce por el nombre de Los Negritos.

martes, 8 de septiembre de 2020

Cambiar de cara

El ucraniano Evgeny Stepanovich Kobytev fue soldado del ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial.


La primera foto es de 1941, contaba veintiún años y estaba recién salido de la escuela de arte donde se graduó.
 

La segunda es de 1945, al final de la SGM, con veinticuatro, tras haber pasado dos de esos años como prisionero en el campo de Khorol.
 

La cara de Evgeny cambio así en solo cuatro años.

domingo, 6 de septiembre de 2020

La edad de los soldados II


Soldados norteamericanos desembarcando en Orán, Argelia, con la Operación Antorcha, en 1942.

A pesar de que la edad media de los soldados norteamericanos en la SGM fue de 26 años (en Vietnam la media bajó a 20 años), el segundo en el centro de la foto tiene cara de no tener mucho más de doce.
 
Foto © teniente F. A. Hudson.

sábado, 5 de septiembre de 2020

La máquina Enigma

La señora Peckinpah, doctora en Matemáticas por el King's College de Oxford, busca un arma en su bolso un domingo por la mañana en las calles de la ciudad donde ha vivido casi siempre.

En otro tiempo, ella, junto a otros 10.000 criptoanalistas, ayudó a descifrar el código de la maquina Enigma, con la que los nazis enviaban todos los comunicados militares durante la II Guerra Mundial. 
 
Su centro de trabajo era la mansión de Bletchley Park, en el condado de Buckinghamshire, en plena campiña inglesa.
 
Mrs. Peckinpah no quiere hablar de la máquina Enigma ni de su código ni de aquellos años, y por eso busca su revolver en el bolso cuando un impertinente como yo le saca el tema.
 
Texto y foto © Ruffino, 04 - 2015
 

viernes, 4 de septiembre de 2020

La edad de los soldados I

Prisioneros de guerra.

Nos podemos hacer una idea de qué edades tenían y qué pintas gastaban los soldados alemanes que defendieron las playas de Normandía ante el desembarco aliado el 6 de junio de 1944.
 
Feroces no parecen. Ni siquiera parecen gran cosa, la verdad.
 
Niños enviados al frente.
 
Foto © Walter Rosenblum (Nueva York, 1919 - Nueva York, 2006).


sábado, 25 de julio de 2020

Las memorias de Woody Allen

Un extracto de las memorias de Woody Allen, que estoy leyendo ahora mismo.

«[...] Hoy en día en Konisberg hay un monumento en mi honor [...] que consiste en un par de gafas sobre una vara [...]. También en la adorable ciudad española de Oviedo hay una estatua de mi figura que es un retrato fiel. [...] una verdadera estatua de bronce [...]. Desde el momento que la instalaron unos vándalos robaron de la estatua unas gafas iguales a las mías. Esas son de bronce y están incrustadas en la escultura, que es de tamaño real, por lo que hace falta un soplete para sacarlas. Pero no importa cuántas veces vuelvan a colocarlas, siempre hay alguien que las roba.»

Cuando empiezo un libro siempre me asalta la duda de si lo abandonaré antes del momento en el que el pobre escritor calculó que era el momento correcto para abandonarlo, es decir, en la última página.
 
Este es gordo (439 páginas), pero creo que cae. Seguro que cae entero.
 
Me estoy riendo (en voz alta) casi cada cinco páginas, lo cual no me pasaba desde que en los años noventa, y de veraneo, me leí uno de Camilo José Cela, cuyo nombre no recuerdo. Cada vez que me reía, mis hijos (muy niños entonces), me preguntaban: «¿De qué te ríes, papá?», y la verdad es que me costaba trabajo explicarles el porqué.

jueves, 23 de julio de 2020

La tumba de Servilia

La tumba de Servilia es uno de los puntos de mayor interés de la necrópolis romana de Carmona, apenas a 30 km Sevilla.

Servilia, en realidad, no era el nombre de la chica muerta, sino el de su noble familia venida desde Roma. Murió joven, y su padre, Lucio Servilio, mandó levantar un mausoleo acorde con el lustre de su linaje.
 
El padre de Servilia era un aristócrata romano que durante el mandato del emperador Calígula —primera mitad del siglo I d.C.—, estuvo destinado en la ciudad de Carmo como prefecto del centro militar radicado allí.
 
Carmo no solo fue considerada un punto estratégico militar de máxima importancia por los romanos, sino por todos los otros pueblos que ocuparon la ciudad antes y después (creo que visitar los museos y los vestigios es una magífica idea): tartesos, fenicios, cartagineses, turdetanos, árabes y cristianos, ya que se asienta en un territorio en altura desde el que domina la campiña y la vega sevillana y que, a la vez, está resguardado por la Sierra Morena. 
 
[Creo que la chica que sale en la foto es una reencarnación de Servilia mirando hacia el centro del túmulo en una de las varias visitas que ha realizado a su propia tumba más de dos mil años después].
[Esta foto está dedicada a Brezo Gutiérrez, agradecido por haberme llevado hasta allí].


martes, 21 de julio de 2020

Nuestros guardianes entre el centeno

Un artículo que sigue vigente y viene a propósito doce años después y que, con las mismas, me recuerda otro de los muchos pasajes citables de esa obra:
 
«When you're dead, they really fix you up. I hope to hell when I do die somebody has sense enough to just dump me in the river or something. Anything except sticking me in a goddam cemetery. People coming and putting a bunch of flowers on your stomach on Sunday, and all that crap. Who wants flowers when you're dead? Nobody.»
J.D. Salinger, The catcher in the rye

Nuestros guardianes entre el centeno

¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir? (...) Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan por él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los agarro. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno”. Hace varias semanas pensé en este fragmento –el fragmento, en realidad– de El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, libro de culto donde los haya (incluso para muchos que no lo han leído, me temo), muy criticado en Estados Unidos como lectura de “perdedores”, expresión ésta muy dilecta por aquellos pagos. Me acordé de él cuando el abuelo de Mari Luz, la niña asesinada de Huelva, declaró que su misión en la vida era pareja a la que arriba anuncia el adolescente Holden Caulfield a su hermana: cuidar que a ningún niño le pasara como a su nieta. Me conmovió entonces, pero me volví a acordar del pasaje, con amargor, cuando el propio abuelo participaba en la jauría contra el acusado a las puertas de los juzgados de Huelva. No he querido, pero el asunto ha saltado de nuevo como un resorte en mi memoria al conocer, esta semana, la noticia de la alimaña que ha masacrado, desde la cuna, la vida de su hija y de sus hijos-nietos, en un lugar de Austria. Y, en parte por todo eso, tan estomagante, he reflexionado sobre los abuelos, figuras tan mágicamente centrales en mi vida que tengo que pelear contra la melancolía unos segundos. Como esta sección gira, con bastante laxitud dominical, sobre la economía y nuestro bolsillo… hablemos sin pretensiones académicas sobre el nuevo papel de los más mayores.

Nuestra pirámide de población es un verdadero botijo, que habla a las claras de nuestra cantidad de niños (pocos) y mayores (no mayoría, pero creciente proporción). Una pirámide de un país en desarrollo tiene forma de triángulo: muchos niños y jóvenes, menos adultos, y aun menos ancianos. La buena vida nos engorda por la cintura; a la pirámide, también. La mayor esperanza de vida, unida a una edad fija de jubilación, hace que nuestras calles se pueblen cada vez más de personas mayores en días laborables: paseándose, paseando a nietos o llevándolos al colegio, sentados al sol, yendo a la compra, haciendo uso del bonobús, visitando exposiciones. En muchos casos, cubriendo necesidades domésticas de los hijos, a coste cero, con desigual reconocimiento. Son, en este sentido, proveedores de servicios para una estructura familiar en la que los padres en edad de ejercer tienen cada vez menor presencia en puesto, y mayores necesidades: horarios escolares y actividades extraescolares de los niños, gestiones burocráticas, paseo de bebés y mascotas, desavíos varios. Del otro lado, también son receptores principales de servicios médicos y, en la jerga de los libros blancos europeos, de “servicios a domicilio”. El Mediterráneo no es lo que era, ni en la dieta ni en el rol de los ancianos. A los mayores se los calla en muchas casas, sus opiniones y consejos han dejado de ser sabios para ser ignorados; en las cafeterías, hospitales y supermercados se habla a los mayores de tú casi sin excepción, por no hablar del inopinado “abuelo” o “abuela” por parte de cualquier indocumentado. No está nada bonito, y denota zafiedad e incultura, no cariño.

Más temprano que tarde, la edad de jubilación deberá alargarse, y es éste un debate diferido sólo porque hay elecciones cada dos por tres y el voto de los más viejos es sensible a las limosnas en la pensión. Probablemente yo querré hacer de doméstico guardián entre el centeno de mis eventuales nietos en el parque de mi barrio, pero querré hacerlo de vez en cuando y no como trabajo sin retribución. Pretenderé, salud mediante, trabajar y cotizar todo el tiempo que pueda y quiera. Mientras eso nos llega o no, debemos practicar la memoria y aprender a ser decentes con los que nos preceden. Con repulsivas excepciones, es simplemente de ley.

 

sábado, 4 de julio de 2020

El sesgo de supervivencia

Abraham Wald fue un matemático húngaro experto en teoría de la decisión y en análisis estadístico y econométrico.

En 1938 emigró a Estados Unidos y, ya iniciada la Segunda Guerra Mundial, el ministerio de Defensa de ese país le pidió consejo para interpretar el gráfico que acompaña a esta entrada.
 
Habían completado un estudio en el que se incluían los daños sufridos por las aeronaves que pudieron regresar de misiones bélicas: los puntos rojos reflejaban los impactos recibidos. El objetivo de Defensa era blindar los aviones en las zonas de mayor probabilidad de daño para reforzar la seguridad de los pilotos.
 
Los militares se quedaron estupefactos cuando Wald les dijo que el gráfico había que interpretarlo justo al revés: el estudio de Defensa sólo había tomado en consideración la muestra de aviones que habían sobrevivido a sus misiones, obviando todos aquellos que habían sido derribados y nunca regresaron.
 
Los agujeros del fuselaje eran, por tanto, zonas en las que los aviones podían permitirse recibir impactos y aun así regresar a salvo a la base, mientras que las zonas que aparecían intactas en los aviones de la muestra eran precisamente las críticas, aquellas en las que los impactos resultaban letales y, según la encomienda, las que necesitaban ser reforzadas.
 
Desde entonces y gracias a Wald, en Estadística, este problema se conoce como “sesgo de supervivencia”, un error sistemático en la selección de una muestra estadística al considerar sólo los elementos observables (aviones supervivientes), obviando a los no observables (aviones derribados) que, precisamente por eso, hacen que la muestra deje de ser representativa de la población.
Ironías de la vida: Abraham Wald falleció en 1950 en un accidente de aviación.


miércoles, 24 de junio de 2020

Onomásticas

Está bien la costumbre de felicitar a los amigos por su santo. 
 
Si no tienes a mano una efemérides más personal con la que manifestarle tu aprecio (como podría ser su cumpleaños), felicitarlo a cuenta de un santo que, casi seguro, nada tiene en común con el felicitado, no es una mala idea.
 
Lo que entiendo menos, o no entiendo en absoluto, son esos mensajes que veo últimamente en RRSS por los que alguien felicita el santo «a pelón» (antigua costumbre por la que el padrino en un bautizo tiraba monedas al aire —a pelón— para que los niños las recogieran entre gran algarabía y, a veces, feroz pugna física).
 
Me refiero a poner mensajes del tipo: «Felicidades a todos los Juanes y Juanas». «Felicito a los Luises que lo celebren por San Luis Gonzaga en lugar de hacerlo por San Luis rey de Francia».
 
Etc.
 
Nada puede sonar más impersonal y menos cariñoso que una frase de ese tipo.
Si te acuerdas de alguien, te acuerdas; si quieres felicitar, felicita, pero no eches felicitaciones al aire y cuando caigan pabajo, al que le dé, le dio.

 

domingo, 24 de mayo de 2020

Pío Baroja

En la noche del 13 de mayo de 1904, en la tertulia que el dramaturgo gallego Ramón María del Valle-Inclán tenía en el Nuevo Café de Levante (calle Arenal 15 de Madrid), se discutía ardorosamente sobre cómo eran los españoles y las distintas clases de españoles que había.
 
La tertulia hervía. Allí estaba la flor y nata de los intelectuales de la Generación del 98 y los artistas más significados del momento, entre ellos, los pintores Ignacio Zuloaga, Gutiérrez Solana y Santiago Rusiñol; el escultor Mateo Inurria o el ilustrador Rafael Penagos; así como los escritores Miguel de Unamuno, Benito Pérez Galdós y Pío Baroja. En el fragor de la discusión, el vasco Baroja, tomó la palabra y dijo: “La verdad es que solo hay siete clases de españoles, a saber:
 
1) los que no saben,
2) los que no quieren saber,
3) los que odian el saber,
4) los que sufren por no saber,
5) los que aparentan que saben,
6) los que triunfan sin saber,
7) y los que viven gracias a que los demás no saben.
 
Unamuno y Pérez Galdós aplaudieron a Baroja, apreciando, sobre todo, el último de los siete puntos, donde —dijeron— se encuadran los que se autodenominan “políticos” e “intelectuales”.

 

Por do más pecado había










Por do más pecado había.

(Romance arcano del godo don Rodrigo y la muy lucida doña Florinda).

 
Recógese aquí una investigación ligera, entre poética e histórica, más cerca de lo primero que de lo segundo, que hemos compuesto sin pretensión alguna de levantar crónica que pudiese ser de utilidad a historiadores y, mucho menos, espejo de poetas.
 
Corría el año 711, para ser más preciso, el decimonoveno día del Señor del mes de julio cuando sobre el río Guadalete (Wadi Lanka, en moruno), en la provincia de Cádiz, las tropas de los jefes moros Tarik y Muza (Tariq ben Ziyad y Musa ibn Nusair) cruzaron espadas con las huestes del rey cristiano don Rodrigo.
 
Unos versos sin autor conocido cuentan lo que allí pasó sin pararse en los detalles que, en la mayor parte de los casos, evitan que las historias se entiendan como es menester:
 
«Llegaron los sarracenos
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
cuando son más que los buenos».
 
¿Pero qué fue lo que de verdad ocurrió en aquella batalla?
 
A fuer de pecar de simple, debemos contestar que pasó lo que pasó por lo que casi siempre pasan las cosas en esta vida: por la desmedida propensión a la lujuria que suelen albergar tanto moros como cristianos.
 
Y es que, poco antes, en Toledo, don Rodrigo, tan godo como rey, había mantenido coyunda, una sola vez, pero coyunda a la postre, y al parecer asaz intensa, con doña Florinda, joven moza de reconocida belleza y que, además, era hija del conde don Julián, gobernador de Ceuta y amigo personal, más allá de la religión, de los mencionados caballas Muza y Tarik.
 
Don Rodrigo argumentó que la relación fue consentida; Florinda, llevole la contraria afirmando haber sido violada por el muy godo. Vaya usted a saber. Hay quien dice que la bella Florinda era conocida entre los moros de su ciudad, Ceuta, por el apelativo de "caba", o la "cava", lo que podría traducirse por "la casquibana", en un sentido amplio o, también, por "la facilona", si prescindimos de los remilgos que nunca deben adornar la labor del traductor cabal.
 
Los versos apócrifos vuelven a contarnos el lance con concisión:
 
«Florinda perdió su flor,
el rey padeció el castigo;
ella dice que hubo fuerza,
él que gusto consentido».
 
Y es que el "gusto consentido" tiene mucha fuerza. Tanta que don Rodrigo perdió el reino y algo más —la vida— tras aquella batalla sobre el río Guadalete ante los sus oponentes, moros enviados por el padre de la joven, don Julián. Todo por haber osado adentrarse a explorar las muy firmes carnes de la bella Florinda, ya fuese con consentimiento o sin él, lo cual ninguno de nosotros jamás conocerá a ciencia cierta. Convendrá usted conmigo, querido lector, que, a estas alturas de curso, el detalle importa bastante poco.
 
El caso es que al séptimo día de lucha, junto y sobre el Guadalete, viéndose el rey don Rodrigo vencido sin remisión y abandonado por todos —desnortole la traición de los sus nobles materializada en el hecho de que estos se pasaran en bloque al enemigo—, vagando sin rumbo sobre su rocín, se vino a encontrar con un ermitaño al que relatole sus libidinosas culpas y pesares de conciencia.
 
Sintiéndose el rey liberado por haber confesado, y movido por el deseo de descansar para siempre poniendo fin a sus días, propúsole al ermitaño confesor que lo enterrara vivo. Pidiole, además, que, para hacer aún más dura y penosa su muerte, lo enterrase en un hoyo lleno de vívoras. 
 
Entendía don Rodrigo que así habría de purgar con largueza su atrevimiento para con doña Florinda y su afrenta para con don Julián. 
 
Fue entonces, una vez que el rey se vio dentro del hoyo que era tumba, rodeado por todas aquellas serpientes, cuando exclamó contrito la frase que habría de hacerlo inmortal y que el anónimo poeta dejó escrita para nuestro buen gobierno:
 
«Ya me comen, ya me comen,
por do más pecado había».

lunes, 18 de mayo de 2020

Comentarios sobre la novela «Señorita», de Juan Eslava Galán

Acabo de terminar de leer una novela que me recomendó Menchu Sarrión a raíz de un comentario que hizo en Facebook: «Eslava me dio clases y me dijo que la había escrito con la técnica del bestseller: anticipar y no contar». Me llamó la atención aquel comentario y tuve curiosidad por saber qué era eso de anticipar y no contar.

Por aquello de «anticipar», vaya por delante que soy un entusiasta seguidor de Juan Eslava Galán desde que me dejó sin reaccionar, sentado de culo una semana seguida, tras haberme bebido de un tirón su «En busca del unicornio» (1987), con la que ganó el premio Planeta de aquel año. Últimamente, lo que más disfruté de su producción fue «La mula» (2003), aunque también he pasado momentos memorables oyéndole dictar algunas conferencias y charlas, donde siempre sabe mezclar la dosis justa de erudición y amenidad con un discurso cargado de socarronería y fino sentido del humor. Adicionalmente, y a través de su prosa, me parece haber deducido que Eslava, además de un gran historiador, es un hombre aficionado al rijo, lo cual es un detalle que conforta bastante.
«Señorita» (1998) ganó el premio Fernando Lara de aquel año y trata, fundamentalmente, de aviones, de espionaje y de amor. Una novela de ficción histórica.
La acción discurre en el periodo que va desde julio de 1936 hasta la segunda mitad de 1945, es decir, desde el inicio de la Guerra Civil Española hasta un poco más allá del final de la II Guerra Mundial. La historia se mueve gracias a tres personajes fundamentales: Carmen, una modistilla sevillana que pierde todo lo que tiene, su padre y su hermano, activistas comunistas, fusilados en las primeras horas del Alzamiento Nacional en Sevilla; Rudolf, un noble prusiano, barón, brillante piloto de la Luftwaffe; y Yuri, el hijo de un agricultor que escala socialmente gracias a la política y consigue que su hijo se convierta en un mediocre piloto de las Fuerzas Aéreas soviéticas. La narración va saltando continuamente de Sevilla a diferentes puntos de Alemania y de Rusia, con la agilidad de la cinematografía; también pasa circunstancialmente por Lisboa y París para tener su clímax en Sevilla y resolverse muy lejos de allí, en Ekaterimburgo, en los confines de Rusia. Los cambios de escenario son muy rápidos y, prácticamente, coinciden con cada capítulo, en cuyo encabezamiento se suele enunciar el punto geográfico donde discurre. Si dividimos las 310 páginas que tiene la edición que he manejado entre los 106 capítulos, cada capítulo se resuelve, de media, en tres carillas. Muy cortos.
De la novela tengo que decir cosas buenas y otras no tan buenas. Quizás las buenas contengan a las otras y viceversa. Eso suele ir en gustos.
Lo bueno: la novela engancha, el tema es interesante, el dinamismo del estilo impide que haya parones en la acción —salvo en las ultimísimas páginas—; los personajes, tomándolos uno a uno, son creíbles y están bien construidos —a pesar de algunas inconsistencias que ocurren cuando Eslava los relaciona entre sí—; y los escenarios están bien dibujados. Uno puede decir que ha estado allí. En el despacho de Stalin, en el aristocrático castillo de los von Balke, en el corralón de vecinos de Triana. El lenguaje es cómodo para cualquier lector, aunque solvente. Eslava, de vez en cuando, deja caer alguna palabra suelta que —si eres de los hartibles como yo— tienes que buscar inmediatamente en el diccionario, por curiosidad, lo cual es bueno porque así todos avanzamos y mejoramos. Los términos usados en ruso y alemán no suelen estar directamente traducidos —¿para qué usarlos entonces?—, sino que, en la mayoría de los casos, el autor los explica sin hacer ostentación de la explicación.
Por otra parte, me he permitido buscar la biografía de algunos personajes secundarios y, para mi contento, he descubierto que una parte sustancial de ellos son reales. Algunos Incluso mantienen el nombre y apellidos. Hablamos de miembros del PCE, del PCUS, de ases de la aviación alemana y soviética, de la nomenclatura de Hitler y de la de Stalin. Otros solo están inspirados, como el gobernador militar de Sevilla con Queipo, al que Eslava solo le cambia el nombre y su manera de abandonar esta tierra. El resto, incluida la casa donde vivía en la calle Jesús del Gran Poder y quiénes eran sus amigachos, parece que está fidedignamente sacado de la realidad.
Juan Eslava Galán demuestra un conocimiento desmesurado de dos temas (entre otros muchos): la historia y política de los tres países concernidos durante el periodo en cuestión; así como de la aeronáutica militar, de las destrezas que deben atesorar los aviadores en el combate para hacerse con los aviones, y de los complicados entresijos mecánicos y técnicos de estos. Lo cual está bien, sin duda, se aprende y hace que uno a veces se sorprenda, pero, otras veces, Eslava incurre en una innecesaria prolijidad en los detalles —no siempre precisos para entender el curso de la narración—, que complican y distraen en el seguimiento de algunos lances.
Hay detalles que no parecen verosímiles como, por ejemplo, que una chica joven y sin experiencia en nada, pobre e inculta, que vive en una corrala de Triana, pueda suplantar a la hija de un marqués de Madrid con el entrenamiento forzado que le dan durante un mes. En ello se empeñan tres mentores: una francesa, un argentino y un ruso. Por muy guapa, lista y naturalmente elegante que sea, solo por el asunto del acento sevillano versus el madrileño, aquello no funcionaría («My fair lady»). Sin embargo, el maestro Eslava no se deja coger en esa auto celada y ya se preocupa de que la acción discurra por los cauces adecuados para que esa inconsistencia jamás llegue a materializarse.
Se nota que el autor tiene gusto por el tema cuando describe a los milicianos, a los legionarios, a los regulares, a los militares en general. También domina las complicadas relaciones que se daban entre los anarquistas, los comunistas y los socialistas, las diferentes facciones enfrentadas entre sí dentro del bando republicano. Da precisas pinceladas sobre cómo funcionaba un ejército y cómo lo hacía el contrario, con las consiguientes relaciones entre la soldadesca y el mando. Unos años más tarde, cuando sacó «La mula» (excelente novela ya citada más arriba y pésima película) Eslava, confesaría que desde pequeño exprimió todos los recuerdos que su padre tenía de la Guerra Civil, con los que fue capaz de componer una «casi» biografía de este en aquel libro.
Eslava se permite licencias con los nombres de algunos personajes, lo cual nos regala algunas gotas de un humor bien destilado. Por ejemplo, hay una señora sevillana que ostenta el título de marquesa de Pingüesarcas. Todos los milicianos tienen por primer apellido un pueblo de la provincia de Jaén (la tierra del autor) y de segundo un adjetivo curioso. El aviador alemán se mueve por Sevilla conduciendo un Studebaker igual que el del mosaico gigante que hay en la calle Tetuán. Tienen cierta gracia los nombres (reales) de las asociaciones de las que provenían los milicianos voluntarios: «Ateneo Ecléctico», «Liga de Esperantistas Antiestatales», «Asociación de Naturistas Pentálficos» o los «Filis de Puta». Por terminar, la sargento auxiliar (prostituta redimida por la Revolución) que dispensa favores sexuales a los milicianos previa entrega de un vale expedido y firmado por el coronel («Vale por dose por vos») se llama Evangelina Mollar Parihuela. Evangelina vive una tierna escena junto a otro sargento que tuvo la feliz idea de cambiarse el nombre de Juan de Dios por Juan de Lenin.
Por terminar, no sé si será cuestión de la edición digital que he manejado, pero me ha sorprendido que la edición no esté demasiado cuidada en algunos detalles. (Ya se sabe que cuando una novela gana un premio como el Fernando Lara, la editorial corre mucho para tener el libro impreso en las tiendas a poquísimos días de la cena de entrega en el Alcázar). Da la impresión de que, por las prisas, se hubiera editado y maquetado con poco cariño, sin que el texto haya sido revisado por un número adecuado de ojos, los que se necesitan para evitar según qué errores (saltos de línea indebidos, o suprimidos, diálogos mal puntuados, inconsistencias entre los titulares…). En este sentido, también me ha dado la impresión de que Eslava se esmera mucho en algunos pasajes, desarrollando una prosa muy cuidada, pero en otros corre que se las pela y no repasa (ni tiene quién le repase): verbos o sustantivos repetidos en dos líneas seguidas, conceptos o información ya dicha al lector que repite sin que sea necesario o sin que sea un recurso literario al uso, o que todas las mujeres bellas que son descritas a lo largo de la obra tengan, aproximadamente, la misma estructura y consistencia corporal.
En definitiva, no es una gran novela, pero tampoco es cuestión de estar todo el día leyendo «Guerra y paz». Por el contrario, sí es una narración amena e instructiva, por lo que me parece una buena idea dedicar un tiempo a conocer la historia de Carmen Albaida, su peripecia como mujer honrada, falsa aviadora, espía circunstancial y enamorada pertinaz; su trepidante peripecia y su sorprendente final.

domingo, 17 de mayo de 2020

«El equilibrio del mundo». Un microrrelato de Ginés S. Cutillas

El equilibrio del mundo.

Un microrrelato de Ginés S. Cutillas.
 
Del único hijo que estaba seguro era del pelirrojo. A los otros dos no los había visto en mi vida. Tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que al salir del hipermercado, con la confusión del gentío, me los habían cambiado. No me importó. Los cuidé durante tres años, confiando que otros harían lo mismo con los míos. Hasta el día del parque de atracciones, que con tanto crío me cambiaron al pelirrojo y al mayor de los extraños por una niña y un mulatillo. A éstos los crié durante casi diez años pero un día, al volver de la universidad me llegaron transformados. La chica por un joven que hablaba inglés y el que más tiempo había pasado conmigo por otro con gafas que parecía autista. Aún así, y pensando que la vida era esto, consentí pagarles los estudios hasta el final.
 
El día que se casaba el inglés, los padrinos —que iban a ser sus pseudohermanos— fueron sustituidos por dos chicas gemelas. Nada feas a decir verdad.
 
Ahora, ya en el lecho de muerte, espero cada vez que se abre la puerta de la habitación y entran tres jóvenes extraños, que sean mis hijos, los de verdad, los primeros, para poder despedirme de ellos y de este mundo que ya no entiendo.

jueves, 7 de mayo de 2020

El método español

Es muy probable que todos hayamos visto documentales o fotos o hayamos leído historias sobre la enorme cantidad de inválidos y amputados que había en Europa al terminar la I Guerra Mundial (1914-1918). Sobre todo, en los países que se vieron envueltos en ella.

Las heridas de guerra causadas por arma de fuego o esquirlas de artillería solían acarrear grandes destrozos que incluían roturas abiertas de huesos. Eso, en un mundo sin antibióticos (la penicilina no fue descubierta hasta 1928), y en condiciones de nula asepsia, como las que se daban en los campos de batalla, hacía que la mayoría de aquellas heridas se infectaran, sobreviniera la gangrena gaseosa y, con suerte, al herido se le amputaba un miembro. Lo normal era que la septicemia provocase una muerte horrible, habitualmente, sin morfina.

Por otra parte, las guerras siempre han sido el motor que ha hecho nacer innumerables descubrimientos e innovaciones tecnológicas y metodológicas. En ese sentido, la Guerra Civil Española (1936-1939), GCE, no fue menos que otras. Las potencias mundiales usaron nuestra contienda como banco de pruebas y experimentación para desarrollar invenciones logísticas, técnicas y bélicas, quizás barruntando que la II Guerra Mundial (1939-1945) se les venía encima.

De todos esos experimentos y descubrimientos hay uno netamente español que —para variar— nunca ha sido suficientemente difundido o ensalzado. Nadie le ha dedicado una película, ni una serie de TV, ni una novela (que yo sepa), salvo, eso sí, una abundante literatura médica especializada. Se trata de lo que, por entonces, se conoció internacionalmente como «El método español» que, como casi todos los inventos, no fue obra de una sola persona, sino de la acumulación de conocimientos de varias.

Fueron principalmente dos los médicos españoles que desarrollaron, consolidaron y difundieron por el mundo «El método español». El primero, el doctor Manuel Bastos (Zaragoza 1887-1973) quien durante la Guerra del Rif (1911-1927), también conocida como segunda guerra de África, empezó a practicar esta metodología que continuó luego en la GCE. Fue luego el doctor Josep Trueta (Barcelona, 1897-1977) quien sistematizó y difundió la técnica, tanto en la GCE, como en la II Guerra Mundial y, posteriormente, en la guerra de Vietnam (1955-1975).

La difusión de la experiencia y conocimientos de estos médicos españoles fue lo que salvó infinidad de vidas, de piernas y de brazos de jóvenes de todo el mundo, que no tuvieron otra opción que luchar en esas crudelísimas contiendas, tanto en un bando con en otro. En ese sentido, cabe señalar que el doctor Trueta trabajó con los aliados en Inglaterra (donde llegó a catedrático en la Universidad de Oxford) y el doctor Francesc Jimeno Vidal (1906-1978) lo hizo con los alemanes desde el hospital de Viena.

Hasta la llegada de «El método español», las fracturas abiertas en extremidades —quizás lo más común en una lucha armada—, se trataban cosiendo la herida y rezando para que las bacterias no acarrearan una gangrena. El nuevo método era mucho más simple y se basaba en cuatro pasos que, además, requerían de muy pocos medios quirúrgicos:

1.      Lavar la herida a conciencia utilizando un cepillo de cerdas, agua y jabón.

2.      Cortar los trozos de piel y músculo que tuvieran mala circulación sanguínea.

3.      Dejar la herida abierta llenándola con gasa de lino estéril.

4.      Inmovilizar con escayola al herido y mantenerlo así durante un tiempo largo pero indeterminado.

Aplicando estos revolucionarios pasos se consiguió evitar innumerables amputaciones y muertes por septicemia. En concreto, durante el penúltimo año de nuestra Guerra Civil, 1938, el doctor Trueta documentó que había tratado 605 fracturas abiertas de guerra sin mortalidad ni amputaciones. Al año siguiente, trató 1.073 casos y solo un 0,75 % de ellos presentaron complicaciones. Posteriormente, y aún hoy, esta técnica se sigue aplicando a heridas de tráfico e industriales.

Supe del «Método Trueta» (otra manera de llamarlo) porque lo mencionaron de refilón en un episodio de la serie norteamericana MASH (1972-1983, 11 temporadas y 265 episodios, secuela del film del mismo título estrenado en 1970). MASH significa Mobile Army Surgical Hospital y así se conocían los hospitales de campaña que el ejército norteamericano ponía muy cerca del frente para intervenir quirúrgicamente a los más graves antes de evacuarlos a la retaguardia

A ver si alguien se anima y nos cuenta bien contada esta historia de españoles serios, gracias a los cuales, y su idea de la lavar las heridas con un cepillo, agua y jabón, salvaron miles (¿millones?) de vidas.