Es muy probable que todos hayamos visto documentales o fotos
o hayamos leído historias sobre la enorme cantidad de inválidos y amputados que
había en Europa al terminar la I Guerra Mundial (1914-1918). Sobre todo, en los
países que se vieron envueltos en ella.
Las heridas de guerra causadas por arma de fuego o esquirlas
de artillería solían acarrear grandes destrozos que incluían roturas abiertas
de huesos. Eso, en un mundo sin antibióticos (la penicilina no fue descubierta
hasta 1928), y en condiciones de nula asepsia, como las que se daban en los
campos de batalla, hacía que la mayoría de aquellas heridas se infectaran, sobreviniera
la gangrena gaseosa y, con suerte, al herido se le amputaba un miembro. Lo
normal era que la septicemia provocase una muerte horrible, habitualmente, sin
morfina.
Por otra parte, las guerras siempre han sido el motor que ha
hecho nacer innumerables descubrimientos e innovaciones tecnológicas y
metodológicas. En ese sentido, la Guerra Civil Española (1936-1939), GCE, no
fue menos que otras. Las potencias mundiales usaron nuestra contienda como
banco de pruebas y experimentación para desarrollar invenciones logísticas, técnicas
y bélicas, quizás barruntando que la II Guerra Mundial (1939-1945) se les venía
encima.
De todos esos experimentos y descubrimientos hay uno
netamente español que —para variar— nunca ha sido suficientemente difundido o
ensalzado. Nadie le ha dedicado una película, ni una serie de TV, ni una novela
(que yo sepa), salvo, eso sí, una abundante literatura médica especializada. Se
trata de lo que, por entonces, se conoció internacionalmente como «El método
español» que, como casi todos los inventos, no fue obra de una sola persona,
sino de la acumulación de conocimientos de varias.
Fueron principalmente dos los médicos españoles que
desarrollaron, consolidaron y difundieron por el mundo «El método español». El
primero, el doctor Manuel Bastos (Zaragoza 1887-1973) quien durante la Guerra
del Rif (1911-1927), también conocida como segunda guerra de África, empezó a
practicar esta metodología que continuó luego en la GCE. Fue luego el doctor
Josep Trueta (Barcelona, 1897-1977) quien sistematizó y difundió la técnica,
tanto en la GCE, como en la II Guerra Mundial y, posteriormente, en la guerra
de Vietnam (1955-1975).
La difusión de la experiencia y conocimientos de estos
médicos españoles fue lo que salvó infinidad de vidas, de piernas y de brazos de
jóvenes de todo el mundo, que no tuvieron otra opción que luchar en esas
crudelísimas contiendas, tanto en un bando con en otro. En ese sentido, cabe
señalar que el doctor Trueta trabajó con los aliados en Inglaterra (donde llegó
a catedrático en la Universidad de Oxford) y el doctor Francesc Jimeno Vidal
(1906-1978) lo hizo con los alemanes desde el hospital de Viena.
Hasta la llegada de «El método español», las fracturas
abiertas en extremidades —quizás lo más común en una lucha armada—, se trataban
cosiendo la herida y rezando para que las bacterias no acarrearan una gangrena.
El nuevo método era mucho más simple y se basaba en cuatro pasos que, además,
requerían de muy pocos medios quirúrgicos:
1.
Lavar la herida a conciencia utilizando un cepillo
de cerdas, agua y jabón.
2.
Cortar los trozos de piel y músculo que tuvieran
mala circulación sanguínea.
3.
Dejar la herida abierta llenándola con gasa de lino
estéril.
4.
Inmovilizar con escayola al herido y mantenerlo
así durante un tiempo largo pero indeterminado.
Aplicando estos revolucionarios pasos se consiguió evitar innumerables
amputaciones y muertes por septicemia. En concreto, durante el penúltimo año de
nuestra Guerra Civil, 1938, el doctor Trueta documentó que había tratado 605
fracturas abiertas de guerra sin mortalidad ni amputaciones. Al año siguiente, trató
1.073 casos y solo un 0,75 % de ellos presentaron complicaciones. Posteriormente,
y aún hoy, esta técnica se sigue aplicando a heridas de tráfico e industriales.
Supe del «Método Trueta» (otra manera de llamarlo) porque lo
mencionaron de refilón en un episodio de la serie norteamericana MASH
(1972-1983, 11 temporadas y 265 episodios, secuela del film del mismo título
estrenado en 1970). MASH significa Mobile Army Surgical Hospital y así se
conocían los hospitales de campaña que el ejército norteamericano ponía muy
cerca del frente para intervenir quirúrgicamente a los más graves antes de
evacuarlos a la retaguardia
A ver si alguien se anima y nos cuenta bien contada esta
historia de españoles serios, gracias a los cuales, y su idea de la lavar las
heridas con un cepillo, agua y jabón, salvaron miles (¿millones?) de vidas.