domingo, 24 de mayo de 2020

Pío Baroja

En la noche del 13 de mayo de 1904, en la tertulia que el dramaturgo gallego Ramón María del Valle-Inclán tenía en el Nuevo Café de Levante (calle Arenal 15 de Madrid), se discutía ardorosamente sobre cómo eran los españoles y las distintas clases de españoles que había.
 
La tertulia hervía. Allí estaba la flor y nata de los intelectuales de la Generación del 98 y los artistas más significados del momento, entre ellos, los pintores Ignacio Zuloaga, Gutiérrez Solana y Santiago Rusiñol; el escultor Mateo Inurria o el ilustrador Rafael Penagos; así como los escritores Miguel de Unamuno, Benito Pérez Galdós y Pío Baroja. En el fragor de la discusión, el vasco Baroja, tomó la palabra y dijo: “La verdad es que solo hay siete clases de españoles, a saber:
 
1) los que no saben,
2) los que no quieren saber,
3) los que odian el saber,
4) los que sufren por no saber,
5) los que aparentan que saben,
6) los que triunfan sin saber,
7) y los que viven gracias a que los demás no saben.
 
Unamuno y Pérez Galdós aplaudieron a Baroja, apreciando, sobre todo, el último de los siete puntos, donde —dijeron— se encuadran los que se autodenominan “políticos” e “intelectuales”.

 

Por do más pecado había










Por do más pecado había.

(Romance arcano del godo don Rodrigo y la muy lucida doña Florinda).

 
Recógese aquí una investigación ligera, entre poética e histórica, más cerca de lo primero que de lo segundo, que hemos compuesto sin pretensión alguna de levantar crónica que pudiese ser de utilidad a historiadores y, mucho menos, espejo de poetas.
 
Corría el año 711, para ser más preciso, el decimonoveno día del Señor del mes de julio cuando sobre el río Guadalete (Wadi Lanka, en moruno), en la provincia de Cádiz, las tropas de los jefes moros Tarik y Muza (Tariq ben Ziyad y Musa ibn Nusair) cruzaron espadas con las huestes del rey cristiano don Rodrigo.
 
Unos versos sin autor conocido cuentan lo que allí pasó sin pararse en los detalles que, en la mayor parte de los casos, evitan que las historias se entiendan como es menester:
 
«Llegaron los sarracenos
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
cuando son más que los buenos».
 
¿Pero qué fue lo que de verdad ocurrió en aquella batalla?
 
A fuer de pecar de simple, debemos contestar que pasó lo que pasó por lo que casi siempre pasan las cosas en esta vida: por la desmedida propensión a la lujuria que suelen albergar tanto moros como cristianos.
 
Y es que, poco antes, en Toledo, don Rodrigo, tan godo como rey, había mantenido coyunda, una sola vez, pero coyunda a la postre, y al parecer asaz intensa, con doña Florinda, joven moza de reconocida belleza y que, además, era hija del conde don Julián, gobernador de Ceuta y amigo personal, más allá de la religión, de los mencionados caballas Muza y Tarik.
 
Don Rodrigo argumentó que la relación fue consentida; Florinda, llevole la contraria afirmando haber sido violada por el muy godo. Vaya usted a saber. Hay quien dice que la bella Florinda era conocida entre los moros de su ciudad, Ceuta, por el apelativo de "caba", o la "cava", lo que podría traducirse por "la casquibana", en un sentido amplio o, también, por "la facilona", si prescindimos de los remilgos que nunca deben adornar la labor del traductor cabal.
 
Los versos apócrifos vuelven a contarnos el lance con concisión:
 
«Florinda perdió su flor,
el rey padeció el castigo;
ella dice que hubo fuerza,
él que gusto consentido».
 
Y es que el "gusto consentido" tiene mucha fuerza. Tanta que don Rodrigo perdió el reino y algo más —la vida— tras aquella batalla sobre el río Guadalete ante los sus oponentes, moros enviados por el padre de la joven, don Julián. Todo por haber osado adentrarse a explorar las muy firmes carnes de la bella Florinda, ya fuese con consentimiento o sin él, lo cual ninguno de nosotros jamás conocerá a ciencia cierta. Convendrá usted conmigo, querido lector, que, a estas alturas de curso, el detalle importa bastante poco.
 
El caso es que al séptimo día de lucha, junto y sobre el Guadalete, viéndose el rey don Rodrigo vencido sin remisión y abandonado por todos —desnortole la traición de los sus nobles materializada en el hecho de que estos se pasaran en bloque al enemigo—, vagando sin rumbo sobre su rocín, se vino a encontrar con un ermitaño al que relatole sus libidinosas culpas y pesares de conciencia.
 
Sintiéndose el rey liberado por haber confesado, y movido por el deseo de descansar para siempre poniendo fin a sus días, propúsole al ermitaño confesor que lo enterrara vivo. Pidiole, además, que, para hacer aún más dura y penosa su muerte, lo enterrase en un hoyo lleno de vívoras. 
 
Entendía don Rodrigo que así habría de purgar con largueza su atrevimiento para con doña Florinda y su afrenta para con don Julián. 
 
Fue entonces, una vez que el rey se vio dentro del hoyo que era tumba, rodeado por todas aquellas serpientes, cuando exclamó contrito la frase que habría de hacerlo inmortal y que el anónimo poeta dejó escrita para nuestro buen gobierno:
 
«Ya me comen, ya me comen,
por do más pecado había».

lunes, 18 de mayo de 2020

Comentarios sobre la novela «Señorita», de Juan Eslava Galán

Acabo de terminar de leer una novela que me recomendó Menchu Sarrión a raíz de un comentario que hizo en Facebook: «Eslava me dio clases y me dijo que la había escrito con la técnica del bestseller: anticipar y no contar». Me llamó la atención aquel comentario y tuve curiosidad por saber qué era eso de anticipar y no contar.

Por aquello de «anticipar», vaya por delante que soy un entusiasta seguidor de Juan Eslava Galán desde que me dejó sin reaccionar, sentado de culo una semana seguida, tras haberme bebido de un tirón su «En busca del unicornio» (1987), con la que ganó el premio Planeta de aquel año. Últimamente, lo que más disfruté de su producción fue «La mula» (2003), aunque también he pasado momentos memorables oyéndole dictar algunas conferencias y charlas, donde siempre sabe mezclar la dosis justa de erudición y amenidad con un discurso cargado de socarronería y fino sentido del humor. Adicionalmente, y a través de su prosa, me parece haber deducido que Eslava, además de un gran historiador, es un hombre aficionado al rijo, lo cual es un detalle que conforta bastante.
«Señorita» (1998) ganó el premio Fernando Lara de aquel año y trata, fundamentalmente, de aviones, de espionaje y de amor. Una novela de ficción histórica.
La acción discurre en el periodo que va desde julio de 1936 hasta la segunda mitad de 1945, es decir, desde el inicio de la Guerra Civil Española hasta un poco más allá del final de la II Guerra Mundial. La historia se mueve gracias a tres personajes fundamentales: Carmen, una modistilla sevillana que pierde todo lo que tiene, su padre y su hermano, activistas comunistas, fusilados en las primeras horas del Alzamiento Nacional en Sevilla; Rudolf, un noble prusiano, barón, brillante piloto de la Luftwaffe; y Yuri, el hijo de un agricultor que escala socialmente gracias a la política y consigue que su hijo se convierta en un mediocre piloto de las Fuerzas Aéreas soviéticas. La narración va saltando continuamente de Sevilla a diferentes puntos de Alemania y de Rusia, con la agilidad de la cinematografía; también pasa circunstancialmente por Lisboa y París para tener su clímax en Sevilla y resolverse muy lejos de allí, en Ekaterimburgo, en los confines de Rusia. Los cambios de escenario son muy rápidos y, prácticamente, coinciden con cada capítulo, en cuyo encabezamiento se suele enunciar el punto geográfico donde discurre. Si dividimos las 310 páginas que tiene la edición que he manejado entre los 106 capítulos, cada capítulo se resuelve, de media, en tres carillas. Muy cortos.
De la novela tengo que decir cosas buenas y otras no tan buenas. Quizás las buenas contengan a las otras y viceversa. Eso suele ir en gustos.
Lo bueno: la novela engancha, el tema es interesante, el dinamismo del estilo impide que haya parones en la acción —salvo en las ultimísimas páginas—; los personajes, tomándolos uno a uno, son creíbles y están bien construidos —a pesar de algunas inconsistencias que ocurren cuando Eslava los relaciona entre sí—; y los escenarios están bien dibujados. Uno puede decir que ha estado allí. En el despacho de Stalin, en el aristocrático castillo de los von Balke, en el corralón de vecinos de Triana. El lenguaje es cómodo para cualquier lector, aunque solvente. Eslava, de vez en cuando, deja caer alguna palabra suelta que —si eres de los hartibles como yo— tienes que buscar inmediatamente en el diccionario, por curiosidad, lo cual es bueno porque así todos avanzamos y mejoramos. Los términos usados en ruso y alemán no suelen estar directamente traducidos —¿para qué usarlos entonces?—, sino que, en la mayoría de los casos, el autor los explica sin hacer ostentación de la explicación.
Por otra parte, me he permitido buscar la biografía de algunos personajes secundarios y, para mi contento, he descubierto que una parte sustancial de ellos son reales. Algunos Incluso mantienen el nombre y apellidos. Hablamos de miembros del PCE, del PCUS, de ases de la aviación alemana y soviética, de la nomenclatura de Hitler y de la de Stalin. Otros solo están inspirados, como el gobernador militar de Sevilla con Queipo, al que Eslava solo le cambia el nombre y su manera de abandonar esta tierra. El resto, incluida la casa donde vivía en la calle Jesús del Gran Poder y quiénes eran sus amigachos, parece que está fidedignamente sacado de la realidad.
Juan Eslava Galán demuestra un conocimiento desmesurado de dos temas (entre otros muchos): la historia y política de los tres países concernidos durante el periodo en cuestión; así como de la aeronáutica militar, de las destrezas que deben atesorar los aviadores en el combate para hacerse con los aviones, y de los complicados entresijos mecánicos y técnicos de estos. Lo cual está bien, sin duda, se aprende y hace que uno a veces se sorprenda, pero, otras veces, Eslava incurre en una innecesaria prolijidad en los detalles —no siempre precisos para entender el curso de la narración—, que complican y distraen en el seguimiento de algunos lances.
Hay detalles que no parecen verosímiles como, por ejemplo, que una chica joven y sin experiencia en nada, pobre e inculta, que vive en una corrala de Triana, pueda suplantar a la hija de un marqués de Madrid con el entrenamiento forzado que le dan durante un mes. En ello se empeñan tres mentores: una francesa, un argentino y un ruso. Por muy guapa, lista y naturalmente elegante que sea, solo por el asunto del acento sevillano versus el madrileño, aquello no funcionaría («My fair lady»). Sin embargo, el maestro Eslava no se deja coger en esa auto celada y ya se preocupa de que la acción discurra por los cauces adecuados para que esa inconsistencia jamás llegue a materializarse.
Se nota que el autor tiene gusto por el tema cuando describe a los milicianos, a los legionarios, a los regulares, a los militares en general. También domina las complicadas relaciones que se daban entre los anarquistas, los comunistas y los socialistas, las diferentes facciones enfrentadas entre sí dentro del bando republicano. Da precisas pinceladas sobre cómo funcionaba un ejército y cómo lo hacía el contrario, con las consiguientes relaciones entre la soldadesca y el mando. Unos años más tarde, cuando sacó «La mula» (excelente novela ya citada más arriba y pésima película) Eslava, confesaría que desde pequeño exprimió todos los recuerdos que su padre tenía de la Guerra Civil, con los que fue capaz de componer una «casi» biografía de este en aquel libro.
Eslava se permite licencias con los nombres de algunos personajes, lo cual nos regala algunas gotas de un humor bien destilado. Por ejemplo, hay una señora sevillana que ostenta el título de marquesa de Pingüesarcas. Todos los milicianos tienen por primer apellido un pueblo de la provincia de Jaén (la tierra del autor) y de segundo un adjetivo curioso. El aviador alemán se mueve por Sevilla conduciendo un Studebaker igual que el del mosaico gigante que hay en la calle Tetuán. Tienen cierta gracia los nombres (reales) de las asociaciones de las que provenían los milicianos voluntarios: «Ateneo Ecléctico», «Liga de Esperantistas Antiestatales», «Asociación de Naturistas Pentálficos» o los «Filis de Puta». Por terminar, la sargento auxiliar (prostituta redimida por la Revolución) que dispensa favores sexuales a los milicianos previa entrega de un vale expedido y firmado por el coronel («Vale por dose por vos») se llama Evangelina Mollar Parihuela. Evangelina vive una tierna escena junto a otro sargento que tuvo la feliz idea de cambiarse el nombre de Juan de Dios por Juan de Lenin.
Por terminar, no sé si será cuestión de la edición digital que he manejado, pero me ha sorprendido que la edición no esté demasiado cuidada en algunos detalles. (Ya se sabe que cuando una novela gana un premio como el Fernando Lara, la editorial corre mucho para tener el libro impreso en las tiendas a poquísimos días de la cena de entrega en el Alcázar). Da la impresión de que, por las prisas, se hubiera editado y maquetado con poco cariño, sin que el texto haya sido revisado por un número adecuado de ojos, los que se necesitan para evitar según qué errores (saltos de línea indebidos, o suprimidos, diálogos mal puntuados, inconsistencias entre los titulares…). En este sentido, también me ha dado la impresión de que Eslava se esmera mucho en algunos pasajes, desarrollando una prosa muy cuidada, pero en otros corre que se las pela y no repasa (ni tiene quién le repase): verbos o sustantivos repetidos en dos líneas seguidas, conceptos o información ya dicha al lector que repite sin que sea necesario o sin que sea un recurso literario al uso, o que todas las mujeres bellas que son descritas a lo largo de la obra tengan, aproximadamente, la misma estructura y consistencia corporal.
En definitiva, no es una gran novela, pero tampoco es cuestión de estar todo el día leyendo «Guerra y paz». Por el contrario, sí es una narración amena e instructiva, por lo que me parece una buena idea dedicar un tiempo a conocer la historia de Carmen Albaida, su peripecia como mujer honrada, falsa aviadora, espía circunstancial y enamorada pertinaz; su trepidante peripecia y su sorprendente final.

domingo, 17 de mayo de 2020

«El equilibrio del mundo». Un microrrelato de Ginés S. Cutillas

El equilibrio del mundo.

Un microrrelato de Ginés S. Cutillas.
 
Del único hijo que estaba seguro era del pelirrojo. A los otros dos no los había visto en mi vida. Tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que al salir del hipermercado, con la confusión del gentío, me los habían cambiado. No me importó. Los cuidé durante tres años, confiando que otros harían lo mismo con los míos. Hasta el día del parque de atracciones, que con tanto crío me cambiaron al pelirrojo y al mayor de los extraños por una niña y un mulatillo. A éstos los crié durante casi diez años pero un día, al volver de la universidad me llegaron transformados. La chica por un joven que hablaba inglés y el que más tiempo había pasado conmigo por otro con gafas que parecía autista. Aún así, y pensando que la vida era esto, consentí pagarles los estudios hasta el final.
 
El día que se casaba el inglés, los padrinos —que iban a ser sus pseudohermanos— fueron sustituidos por dos chicas gemelas. Nada feas a decir verdad.
 
Ahora, ya en el lecho de muerte, espero cada vez que se abre la puerta de la habitación y entran tres jóvenes extraños, que sean mis hijos, los de verdad, los primeros, para poder despedirme de ellos y de este mundo que ya no entiendo.

jueves, 7 de mayo de 2020

El método español

Es muy probable que todos hayamos visto documentales o fotos o hayamos leído historias sobre la enorme cantidad de inválidos y amputados que había en Europa al terminar la I Guerra Mundial (1914-1918). Sobre todo, en los países que se vieron envueltos en ella.

Las heridas de guerra causadas por arma de fuego o esquirlas de artillería solían acarrear grandes destrozos que incluían roturas abiertas de huesos. Eso, en un mundo sin antibióticos (la penicilina no fue descubierta hasta 1928), y en condiciones de nula asepsia, como las que se daban en los campos de batalla, hacía que la mayoría de aquellas heridas se infectaran, sobreviniera la gangrena gaseosa y, con suerte, al herido se le amputaba un miembro. Lo normal era que la septicemia provocase una muerte horrible, habitualmente, sin morfina.

Por otra parte, las guerras siempre han sido el motor que ha hecho nacer innumerables descubrimientos e innovaciones tecnológicas y metodológicas. En ese sentido, la Guerra Civil Española (1936-1939), GCE, no fue menos que otras. Las potencias mundiales usaron nuestra contienda como banco de pruebas y experimentación para desarrollar invenciones logísticas, técnicas y bélicas, quizás barruntando que la II Guerra Mundial (1939-1945) se les venía encima.

De todos esos experimentos y descubrimientos hay uno netamente español que —para variar— nunca ha sido suficientemente difundido o ensalzado. Nadie le ha dedicado una película, ni una serie de TV, ni una novela (que yo sepa), salvo, eso sí, una abundante literatura médica especializada. Se trata de lo que, por entonces, se conoció internacionalmente como «El método español» que, como casi todos los inventos, no fue obra de una sola persona, sino de la acumulación de conocimientos de varias.

Fueron principalmente dos los médicos españoles que desarrollaron, consolidaron y difundieron por el mundo «El método español». El primero, el doctor Manuel Bastos (Zaragoza 1887-1973) quien durante la Guerra del Rif (1911-1927), también conocida como segunda guerra de África, empezó a practicar esta metodología que continuó luego en la GCE. Fue luego el doctor Josep Trueta (Barcelona, 1897-1977) quien sistematizó y difundió la técnica, tanto en la GCE, como en la II Guerra Mundial y, posteriormente, en la guerra de Vietnam (1955-1975).

La difusión de la experiencia y conocimientos de estos médicos españoles fue lo que salvó infinidad de vidas, de piernas y de brazos de jóvenes de todo el mundo, que no tuvieron otra opción que luchar en esas crudelísimas contiendas, tanto en un bando con en otro. En ese sentido, cabe señalar que el doctor Trueta trabajó con los aliados en Inglaterra (donde llegó a catedrático en la Universidad de Oxford) y el doctor Francesc Jimeno Vidal (1906-1978) lo hizo con los alemanes desde el hospital de Viena.

Hasta la llegada de «El método español», las fracturas abiertas en extremidades —quizás lo más común en una lucha armada—, se trataban cosiendo la herida y rezando para que las bacterias no acarrearan una gangrena. El nuevo método era mucho más simple y se basaba en cuatro pasos que, además, requerían de muy pocos medios quirúrgicos:

1.      Lavar la herida a conciencia utilizando un cepillo de cerdas, agua y jabón.

2.      Cortar los trozos de piel y músculo que tuvieran mala circulación sanguínea.

3.      Dejar la herida abierta llenándola con gasa de lino estéril.

4.      Inmovilizar con escayola al herido y mantenerlo así durante un tiempo largo pero indeterminado.

Aplicando estos revolucionarios pasos se consiguió evitar innumerables amputaciones y muertes por septicemia. En concreto, durante el penúltimo año de nuestra Guerra Civil, 1938, el doctor Trueta documentó que había tratado 605 fracturas abiertas de guerra sin mortalidad ni amputaciones. Al año siguiente, trató 1.073 casos y solo un 0,75 % de ellos presentaron complicaciones. Posteriormente, y aún hoy, esta técnica se sigue aplicando a heridas de tráfico e industriales.

Supe del «Método Trueta» (otra manera de llamarlo) porque lo mencionaron de refilón en un episodio de la serie norteamericana MASH (1972-1983, 11 temporadas y 265 episodios, secuela del film del mismo título estrenado en 1970). MASH significa Mobile Army Surgical Hospital y así se conocían los hospitales de campaña que el ejército norteamericano ponía muy cerca del frente para intervenir quirúrgicamente a los más graves antes de evacuarlos a la retaguardia

A ver si alguien se anima y nos cuenta bien contada esta historia de españoles serios, gracias a los cuales, y su idea de la lavar las heridas con un cepillo, agua y jabón, salvaron miles (¿millones?) de vidas.

lunes, 4 de mayo de 2020

Capicúas

Discurso del método para desustanciados.
Capítulo 4.
 
Me acabo de encontrar una foto que le hice a todos los billetes de autobús capicúa que me salieron (y guardé) cuando era escolar.
 
Un número capicúa (o palíndromo) es aquel que se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda.
 
Los billetes de autobús que se vendían antiguamente en Sevilla eran de cinco cifras. Por tanto, en cada taco de billetes (o serie de tacos con numeración correlativa) había cien mil números, el primero el 00000 y el último el 99.999 (curiosamente, ambos capicúas), pero, ¿cuántos capicúas de cinco cifras había en cada taco?
 
Desarrollamos (y a partir de aquí cabe la crítica más acerada):
 
1) Hay diez opciones distintas para elegir la cifra central, es decir, la 3° (0, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 y 9).
2) Hay diez opciónes distintas para que las cifras 2° y 4° sean iguales (0, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 y 9).
3) De igual forma, hay diez opciónes distintas para que las cifra 1° y 5° sean iguales (0, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8 y 9).
 
Por tanto, el número de capicúas es:
10 x 10 x 10 = 1.000
 
Es decir, entre los 100.000 números posibles que se pueden formar con cinco dígitos, hay 1.000 de ellos que son capicúas,
 
Y aplicando la fórmula básica de la probabilidad, los casos favorables partido por los casos posibles, el cobrador daba un capicua a cada 100 viajeros que se montaban en el autobús.
 
¿Es mucho, es poco?
 
 
°Sin ningún ánimo de análisis científico.
°Sin ánimo de lucro.
°Ningún animal ha sido maltratado para la realización de este estudio.

 

Una foto y Cocodrilo Dundee

Justo donde empieza el paseo del puente de Brooklyn (Brooklyn Bridge Promenade), nada más salir de la estación de metro, atravesando el hall del edificio del ayuntamiento de Manhattan (Manhattan Municipal Building), la gente se gana la vida como puede.
En este caso, eran dos chinos bastante mayores —¿ancianos?—, hombre y mujer, con miles de latas de refresco vacías recogidas de las papeleras. En esta solo sale él, aunque también tengo la foto de ella.
No sé a cuánto les pagarían cada lata rescatada, pero me parece un trabajo encomiable, ecológico, civilizado y digno. Pobre, pero digno. Tan digno como para no tener que pedir caridad.
Por cierto, justo por donde camina el hombre de las latas es donde Cocodrilo Dundee, en la película de 1986, es asaltado por unos niñatos (de color, claro, hispanos). La escena, más o menos, va así:
Atracador (sacando una navaja automática): Dame tu cartera.
Sue: Mick, dale la cartera.
Dundee: ¿Por qué?
Sue: Porque tiene un cuchillo.
Dundee: Eso no es un cuchillo. (Saca su descomunal machete de la espalda). ¡ESTO! es un cuchillo.
Pongo el vídeo de esa escena un poco más abajo.
 
Foto © Ruffino Fotógrafo, 07 - 2012.
 
https://www.youtube.com/watch?v=iQrLPtr_ikE&feature=youtu.be&fbclid=IwAR1sw3dbS8lPQi7vWdqHAXQI4dHphycDjLVqScrw5s-oH-9JF2Fxv0Rz4pA

 

domingo, 3 de mayo de 2020

Un Heinkel en San Sebastián

 

Poco antes de la media noche del día en que se rubricaba el tratado por el que los contendientes daban por terminaba la II Guerra Mundial, un avión de transporte Heinkel He-111 con las divisas de la Luftwafe y el numeral TQ+MU, salía del aeropuerto de Oslo, Noruega, con dirección al sur. Aquel era el avión personal del ministro de Armamento del III Reich —el arquitecto Albert Speer—, pero quien huía de los vencedores en él, junto otros con cuatro militares de la Wermacht, era el líder nazi belga Leon Degrelle, a la sazón de 39 años. Un año antes, mientras le imponía la Cruz de Hierro sobre el pecho, el mismísimo Hitler se había dirigido a él en estos términos: «Si alguna vez tuviera un hijo, quisiera que fuera como usted».

Volaron toda la noche sobre territorio francés, sorteando las numerosas defensas antiaéreas aliadas, hasta que, justo en la frontera con España, ya en la provincia de Guipúzcoa, el Heinkel se quedó sin combustible. Seco. El piloto, en un alarde, y aprovechando la marea baja, intentó aterrizar sobre la paya de la Concha de San Sebastián. No lo consiguió. Solo pudo amerizar a unos metros de la misma tras dar tres tumbos entre rocas y agua. Eran las 06:30 de la mañana de 8 de mayo de 1945.

Muchos vecinos donostiarras, algunos en pijama, al oír el estruendo que produjo un aparato tan grande chocando contra el agua, salieron a ver qué pasaba. Allí estaba. Un avión semihundido con la cruz gamada dibujada en la cola y cinco fulanos de uniforme tratando de salir de él.

De los ocupantes del avión, todos resultaron ilesos salvo Degrelle, que estuvo quince meses internado en un hospital militar en San Sebastián. El hospital Mola, se llamaba. Quizás sus heridas no eran tan graves como el miedo que le supuso enterarse de que Franco había manifestado una primera intención de entregarlo a los aliados.

Al final, y fuera por lo que fuese, el líder nazi belga se curó, consiguió un pasaporte español y vivió casi 49 años entre Madrid y Málaga, hasta que murió en 1994.

Las autoridades sacaron el avión parcialmente sumergido, lo montaron en varios camiones y lo llevaron a la Maestranza Aérea de Logroño. Allí, tras ser convenientemente despojado de las piezas que podían ser usadas como repuestos en los He-111 españoles, fue desguazado y convertido en chatarra. Eso sí, antes de que el aparato fuera devuelto sacado del mar, los niños —y los no tan niños— donostiarras, mojándose apenas hasta los muslos, entraron en él y se llevaron todo lo que merecía la pena llevarse.

Yo hubiera hecho lo mismo.