sábado, 25 de julio de 2020

Las memorias de Woody Allen

Un extracto de las memorias de Woody Allen, que estoy leyendo ahora mismo.

«[...] Hoy en día en Konisberg hay un monumento en mi honor [...] que consiste en un par de gafas sobre una vara [...]. También en la adorable ciudad española de Oviedo hay una estatua de mi figura que es un retrato fiel. [...] una verdadera estatua de bronce [...]. Desde el momento que la instalaron unos vándalos robaron de la estatua unas gafas iguales a las mías. Esas son de bronce y están incrustadas en la escultura, que es de tamaño real, por lo que hace falta un soplete para sacarlas. Pero no importa cuántas veces vuelvan a colocarlas, siempre hay alguien que las roba.»

Cuando empiezo un libro siempre me asalta la duda de si lo abandonaré antes del momento en el que el pobre escritor calculó que era el momento correcto para abandonarlo, es decir, en la última página.
 
Este es gordo (439 páginas), pero creo que cae. Seguro que cae entero.
 
Me estoy riendo (en voz alta) casi cada cinco páginas, lo cual no me pasaba desde que en los años noventa, y de veraneo, me leí uno de Camilo José Cela, cuyo nombre no recuerdo. Cada vez que me reía, mis hijos (muy niños entonces), me preguntaban: «¿De qué te ríes, papá?», y la verdad es que me costaba trabajo explicarles el porqué.

jueves, 23 de julio de 2020

La tumba de Servilia

La tumba de Servilia es uno de los puntos de mayor interés de la necrópolis romana de Carmona, apenas a 30 km Sevilla.

Servilia, en realidad, no era el nombre de la chica muerta, sino el de su noble familia venida desde Roma. Murió joven, y su padre, Lucio Servilio, mandó levantar un mausoleo acorde con el lustre de su linaje.
 
El padre de Servilia era un aristócrata romano que durante el mandato del emperador Calígula —primera mitad del siglo I d.C.—, estuvo destinado en la ciudad de Carmo como prefecto del centro militar radicado allí.
 
Carmo no solo fue considerada un punto estratégico militar de máxima importancia por los romanos, sino por todos los otros pueblos que ocuparon la ciudad antes y después (creo que visitar los museos y los vestigios es una magífica idea): tartesos, fenicios, cartagineses, turdetanos, árabes y cristianos, ya que se asienta en un territorio en altura desde el que domina la campiña y la vega sevillana y que, a la vez, está resguardado por la Sierra Morena. 
 
[Creo que la chica que sale en la foto es una reencarnación de Servilia mirando hacia el centro del túmulo en una de las varias visitas que ha realizado a su propia tumba más de dos mil años después].
[Esta foto está dedicada a Brezo Gutiérrez, agradecido por haberme llevado hasta allí].


martes, 21 de julio de 2020

Nuestros guardianes entre el centeno

Un artículo que sigue vigente y viene a propósito doce años después y que, con las mismas, me recuerda otro de los muchos pasajes citables de esa obra:
 
«When you're dead, they really fix you up. I hope to hell when I do die somebody has sense enough to just dump me in the river or something. Anything except sticking me in a goddam cemetery. People coming and putting a bunch of flowers on your stomach on Sunday, and all that crap. Who wants flowers when you're dead? Nobody.»
J.D. Salinger, The catcher in the rye

Nuestros guardianes entre el centeno

¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir? (...) Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan por él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los agarro. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno”. Hace varias semanas pensé en este fragmento –el fragmento, en realidad– de El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, libro de culto donde los haya (incluso para muchos que no lo han leído, me temo), muy criticado en Estados Unidos como lectura de “perdedores”, expresión ésta muy dilecta por aquellos pagos. Me acordé de él cuando el abuelo de Mari Luz, la niña asesinada de Huelva, declaró que su misión en la vida era pareja a la que arriba anuncia el adolescente Holden Caulfield a su hermana: cuidar que a ningún niño le pasara como a su nieta. Me conmovió entonces, pero me volví a acordar del pasaje, con amargor, cuando el propio abuelo participaba en la jauría contra el acusado a las puertas de los juzgados de Huelva. No he querido, pero el asunto ha saltado de nuevo como un resorte en mi memoria al conocer, esta semana, la noticia de la alimaña que ha masacrado, desde la cuna, la vida de su hija y de sus hijos-nietos, en un lugar de Austria. Y, en parte por todo eso, tan estomagante, he reflexionado sobre los abuelos, figuras tan mágicamente centrales en mi vida que tengo que pelear contra la melancolía unos segundos. Como esta sección gira, con bastante laxitud dominical, sobre la economía y nuestro bolsillo… hablemos sin pretensiones académicas sobre el nuevo papel de los más mayores.

Nuestra pirámide de población es un verdadero botijo, que habla a las claras de nuestra cantidad de niños (pocos) y mayores (no mayoría, pero creciente proporción). Una pirámide de un país en desarrollo tiene forma de triángulo: muchos niños y jóvenes, menos adultos, y aun menos ancianos. La buena vida nos engorda por la cintura; a la pirámide, también. La mayor esperanza de vida, unida a una edad fija de jubilación, hace que nuestras calles se pueblen cada vez más de personas mayores en días laborables: paseándose, paseando a nietos o llevándolos al colegio, sentados al sol, yendo a la compra, haciendo uso del bonobús, visitando exposiciones. En muchos casos, cubriendo necesidades domésticas de los hijos, a coste cero, con desigual reconocimiento. Son, en este sentido, proveedores de servicios para una estructura familiar en la que los padres en edad de ejercer tienen cada vez menor presencia en puesto, y mayores necesidades: horarios escolares y actividades extraescolares de los niños, gestiones burocráticas, paseo de bebés y mascotas, desavíos varios. Del otro lado, también son receptores principales de servicios médicos y, en la jerga de los libros blancos europeos, de “servicios a domicilio”. El Mediterráneo no es lo que era, ni en la dieta ni en el rol de los ancianos. A los mayores se los calla en muchas casas, sus opiniones y consejos han dejado de ser sabios para ser ignorados; en las cafeterías, hospitales y supermercados se habla a los mayores de tú casi sin excepción, por no hablar del inopinado “abuelo” o “abuela” por parte de cualquier indocumentado. No está nada bonito, y denota zafiedad e incultura, no cariño.

Más temprano que tarde, la edad de jubilación deberá alargarse, y es éste un debate diferido sólo porque hay elecciones cada dos por tres y el voto de los más viejos es sensible a las limosnas en la pensión. Probablemente yo querré hacer de doméstico guardián entre el centeno de mis eventuales nietos en el parque de mi barrio, pero querré hacerlo de vez en cuando y no como trabajo sin retribución. Pretenderé, salud mediante, trabajar y cotizar todo el tiempo que pueda y quiera. Mientras eso nos llega o no, debemos practicar la memoria y aprender a ser decentes con los que nos preceden. Con repulsivas excepciones, es simplemente de ley.

 

sábado, 4 de julio de 2020

El sesgo de supervivencia

Abraham Wald fue un matemático húngaro experto en teoría de la decisión y en análisis estadístico y econométrico.

En 1938 emigró a Estados Unidos y, ya iniciada la Segunda Guerra Mundial, el ministerio de Defensa de ese país le pidió consejo para interpretar el gráfico que acompaña a esta entrada.
 
Habían completado un estudio en el que se incluían los daños sufridos por las aeronaves que pudieron regresar de misiones bélicas: los puntos rojos reflejaban los impactos recibidos. El objetivo de Defensa era blindar los aviones en las zonas de mayor probabilidad de daño para reforzar la seguridad de los pilotos.
 
Los militares se quedaron estupefactos cuando Wald les dijo que el gráfico había que interpretarlo justo al revés: el estudio de Defensa sólo había tomado en consideración la muestra de aviones que habían sobrevivido a sus misiones, obviando todos aquellos que habían sido derribados y nunca regresaron.
 
Los agujeros del fuselaje eran, por tanto, zonas en las que los aviones podían permitirse recibir impactos y aun así regresar a salvo a la base, mientras que las zonas que aparecían intactas en los aviones de la muestra eran precisamente las críticas, aquellas en las que los impactos resultaban letales y, según la encomienda, las que necesitaban ser reforzadas.
 
Desde entonces y gracias a Wald, en Estadística, este problema se conoce como “sesgo de supervivencia”, un error sistemático en la selección de una muestra estadística al considerar sólo los elementos observables (aviones supervivientes), obviando a los no observables (aviones derribados) que, precisamente por eso, hacen que la muestra deje de ser representativa de la población.
Ironías de la vida: Abraham Wald falleció en 1950 en un accidente de aviación.