domingo, 22 de diciembre de 2013

Lenny Lanz

"La civilización comienza en Watford", como decía el pedante, pero para la gente como Lenny Lanz (en la foto, con un abrigo que le acaban de dar en el Salvation Army), lo más importante de Watford era, y es, su equipo de fútbol, que por algún designio del destino, se mantiene en la segunda división inglesa desde hace más de treinta años.

Lenny Lanz fichó por el Watford muy joven y casi de inmediato, debutó en la selección juvenil inglesa haciéndole tres goles a Polonia. Corría el verano de 1958. Lanz era un fino interior izquierda, un estilista al que un locutor de radio empezó a llamar "Blessed paw" (algo así como Patabendita).
La crítica y el público le auguraban el más brillante de los futuros futboleros, pero todo se torció una tarde de abril, en un encuentro de copa contra el Manchester United. Un tal Nobby Stiles, otra joven promesa, un año mayor que él, segó su carrera con una entrada a la rodilla izquierda que lo dejó renco justo hasta hoy. Ese Stiles fue el mismo que apagó al rutilante Eusebio en la semifinal del Mundial de 1966 y que, poco después, ya en 1967, en Old Trafford, entre patadas y puñetazos anuló a la estrella del Real Madrid, Amancio Amaro Valera, al que nadie había logrado parar antes.
Tras tres años queriendo recuperarse de aquella patada, Lenny no tuvo más remedio que aceptar que el fútbol había terminado para él. Fue duro entender aquello y, primero, bebió más de la cuenta; luego, apostó demasiado al caballo equivocado; después, le partieron la cara unos prestamistas; entonces volvió a beber más de la cuenta y, por fin, su hermano lo amparó empleándolo en su empresa de reparto. Al poco, Lenny, borracho, le chocó una furgoneta nueva a la que el seguro declaró siniestro total sin remisión.
Patabendita se dejó caer entonces en los brazos de la caridad y, en un momento de lucidez, concluyó que era mejor esperar su última hora sin molestar demasiado. Y en ello está. Solo, con algo de pena, pero con tanto honor como miseria.
Esta mañana lo vi por King Street, con su nuevo abrigo, usado, pero nuevo para él, recién regalado por los del Salvation Army, que quizás le quede un poco largo, sí, pero que de esa forma le abriga más y mejor. Lenny siempre fue de carnes escurridas y hace frío en Londres este invierno.
Todas las mañanas suele dar un paseo por su barrio, por Hammersmith. Anda con la mente en blanco, animoso, rítmico, con la única intención de hacer tiempo hasta la hora del almuerzo. Las monjitas del Hogar de las Benedictinas siempre lo reciben con una sonrisa. Sus compañeros de comedor lo halagan preguntándole por aquellos goles que él dice que metió jugando en el Watford pero que todos saben que sólo existen, o existieron, en la mente de Lenny Lanz, la joven promesa al que todos llamaban "Blessed paw" y que tuvo la desgracia, que a la vez fue una honra, de que quien lo malograra fuese el mismísimo Nobby Stiles, el jugador más sucio y pendenciero de la historia del fútbol inglés.
En la foto no podemos apreciar la cojera de Lanz, y no es porque se la esconda su cumplido nuevo abrigo.

Foto: Luis Miguel Rufino. "King Street, Hammersmith, Londres". Diciembre de 2013.

jueves, 3 de octubre de 2013

Necrológica


A mi amigo Antonio Rosado, que ha muerto esta noche a las 04:00 AM, tras sufrir mucho. Tenía 57 años.

Nos conocimos en octubre de 1971. Dos meses justos antes de que muriera mi padre. Fue en el Instituto Fernando de Herrera, en la avenida de La Palmera. El tenía 15 años y yo estaba a punto de cumplirlos. Las bancas eran dobles y nos tocó juntos, la tiranía del orden alfabético: Rosado y Rufino, juntos por la casualidad de lo administrativo.
Nos hicimos amigos de verdad. Más allá del mero compañerismo de clase. Salíamos los fines de semana, nos contábamos algunas de nuestras cosas, no todas, que eso no es propio de gente como nosotros, y compartíamos cañas, con dos tipos de amores falsos: los deseados y los sólo soñados.
Y así continuamos hasta junio de 1974. En la misma banca, tres años juntos, quinto, sexto y COU, su codo derecho siempre pegado a mi codo izquierdo: Rosado y Rufino, ahora, juntos porque nos gustaba.
Allí, en el Herrera, con él, empecé a descubrir que la vida no iba siempre por derecho, que lo evidente podía ser justo lo contrario de lo que aparentaba ser, y así conocí de algunas paradojas: Antonio, que había de dedicar su vida a las letras, me ayudaba con las matemáticas, a mí, que habría de empeñarme por el camino de las ciencias. En aquella época, él las veía, yo no. Yo es que no veía nada y él se sorprendía de mi ceguera, pero me ayudaba.
Y continuamos juntos, más allá del Instituto y del bachillerato.
Antes de irse a la facultad de Derecho, una tarde, paseamos juntos por el centro de Sevilla, tan desierto aquel día, justo la tarde en que murió Franco, en noviembre de 1975. Nos preguntamos algunas cosas, muchas cosas, aquella tarde.
Terminó su carrera y se fue a Madrid a preparar oposiciones, las ganó en no demasiado tiempo. Empezó por Galicia y luego se estableció en la tierra de sus padres, Cáceres.
Fui a su boda con el único amor de su vida, Cristina.
El vino a la mía a Zaragoza y firmó como mi testigo.
En 1985 nos hicimos esta foto que hoy cuelgo en esta entrada.
Fue un verano que fui a visitarlo a Cáceres. El no era tan serio como aparece en la foto, aunque sería un mentiroso si dijera que salía bien en los retratos. Creo que siempre salió mal. En todas las fotos que tengo. Esta vez, su codo izquierdo aparece pegado a mi codo derecho, al revés de como acostumbramos en el Herrera.
Siguieron pasando años, dando tumbos, los dos, hasta que ambos acabamos viviendo en Sevilla. Y entonces empezaron las reuniones "del grupo de COU", un grupo de románticos que nos empeñábamos en recordar nuestra amistad adolescente. Nos veíamos una, dos o tres veces al año, con otros compañeros del Instituto, los más cercanos. Nos contábamos nuestras cosas. Reíamos recordando a don José Labat, al cura Peinado o al profe de Matemáticas, que se parecía a Hitler, aunque era muy buena gente. A la enana de Historia del Arte o a la "agüela" que nos daba Francés. Éramos mayores ya, muy diferentes a cuando fuimos amigos del alma, pero como les ocurre a los grandes amores, no nos resignábamos a reconocer que lo nuestro había muerto, nos costaba reconocerlo. Y lo obviábamos.
La última vez que estuvimos juntos comimos en un garito de la Gran Plaza, ese grupo hartible del COU del Herrera: Quique el canario, Manolo Llinares y Carlitos Molina, Antonio y yo. Echamos mucho de menos a Carlos Viloca, que se nos acababa de morir de ELA en Valencia unos meses antes, no sin antes haberse molestado en venir a Sevilla a despedirse de nosotros. De Antonio y de mí. Vaya palo, pero cuánta honra que Carlitos nos regalara tanta amistad.
En aquella última cita también recordamos mucho a Miguel Bravo-Ferrer, que siempre está en Madrid y al cuál apenas vemos. Antonio casi no habló durante toda la comida. Ya estaba muy mal, y se le notaba.
Mi amigo Antonio Rosado sufría un cáncer durísimo desde hace algo más de un año. Supe que había empeorado durante este verano. Lo llamé a finales de agosto y estaba contento y esperanzado con una hipotética mejoría. Lo habían engañado con mentiras piadosas, las mismas que yo quisiera que me dijeran si un día se me acabara toda esperanza y tuviera que vivir lo que a él le ha tocado.
Hablé con él, por última vez, hace dos semanas, a mediados de septiembre y se encontraba muy mal. Yo no sabía que habría de ser la última. Se sorprendía de haber tenido tan mala suerte. No se explicaba tanto contratiempo en la evolución de su enfermedad, que todo hubiera salido tan al contrario de lo esperado, de lo que habían sugerido los médicos que tenía que haber sucedido.
Hoy, esta noche, ahora que ya está muerto mi amigo, pienso que tuvo mucha suerte en la vida. Creó una buena y amplia familia, mantuvo a sus amigos y disfrutó mucho. Vendió, comió, viajó, cazó. Durante muchos años. Más de lo que la mayoría puede disfrutar de ella. ¿Qué fueron pocos años? Claro, también pudieron haber sido aún menos, o todavía más, pero bien está lo que bien acaba y hay que ser elegantes. Como Antonio siempre fue.
Antonio Rosado cerró su amistad conmigo, con todos nosotros, anoche a las cuatro de la madrugada. Ya no hay nada más que hablar, salvo esperar que algún día nos volvamos a encontrar, no sé muy bien en qué forma, ni cómo ni cuándo ni dónde, aunque tampoco me parece muy relevante ese qué, ese cuándo, ese dónde y ese cómo.
Se acabó.
Desde aquí, todo mi cariño, hermano.

martes, 1 de octubre de 2013

Extracto del relato "La terapia del son"



El taxista de La Habana le va hablando a su cliente española sentada en el asiento de atrás, mientras conduce por la ciudad. Ella guarda silencio todo el tiempo. En un momento dado del soliloquio, Francis Cabrera Hardy define lo que entiende por placer carnal.

"... Y las gringas, ni gritar saben. Una vez oí decir en el güito que la mayoría de ellas no se ha corrido nunca con un hombre [...] Dicen que se ponen nerviosas y que no enfocan la energía de su cerebro hacia el gusto que les ha de salir de dentro de la carne, para luego expandirse por el cuerpo, por la médula de los huesos, por los músculos, viajando con la sangre por las venas hasta llegar al cerebro para acabar llenándolo de nubes… que es lo que hay que hacer. Son poco animales para el sexo. No como las caribe. Las mujeres caribe son grandes chingadoras, desde pequeñas, aun sin haberlo hecho, ya saben hacerlo, no sé por qué será…"

lunes, 30 de septiembre de 2013

La lluvia que cae en orden



Extracto de "La lluvia que cae en orden", de mi libro de relatos “La terapia del son”.

"Fue entonces cuando empezó a llover dentro de mi cabeza. A llover en color negro. Esa agua que cae con mucho orden, cada gota sabiendo cuál es su destino, en qué sitio debe caer, el punto exacto en el suelo de mi cerebro donde debe golpear haciendo tac, humedeciendo una superficie mínima con la que luego ya no puedo pensar. Esa lluvia tenaz, implacable, que tiene la facultad de convertir mi cerebro en un mineral."

La terapia del son. Editorial Jirones de Azul, Sevilla, Mayo 2007, ISBN 84-96790-09-6.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Se llaman "Instarelatos"



Me seduce encontrar las historias que se agazapan dentro de algunas fotos. Hay quien está llamando "Instarelatos" a esta escritura mínima y sugerida por la imagen.

Sobre una foto de la terraza del Empire Estate bulding de Nueva York:

"No salte usted. Llegaría al suelo con muy dolorosos cortes".

Foto © Luis M. Rufino, 2012.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Fidelidades.



Sólo cuando el albacea abrió el testamento se supo que la famosa escritora había legado quince mil euros a su secretario, el que durante treinta años pasó todos sus trabajos a máquina.

Él no dudó sobre el destino que daría al dinero: compró una tumba contigua a la de ella, en el cementerio de la ciudad que durante tantos años los vio pasear sus atardeceres. «Por si la señora necesita dictarme alguna vez», explicó.

Foto: Cementerio de Melilla, © Luis M. Rufino, 2004.